Y pasaron más de 365 días

Hace un año Martín Vizcarra decretaba una de las cuarentenas más rígidas del mundo. Nadie, exactamente nadie, estoy seguro, tenía siquiera el pequeñísimo presagio de lo que vendría después de aquel 16 de marzo del 2020, hasta el sol de hoy.

Los romanos celebraban los idus de marzo porque según ellos eran días de buenos augurios. Eran las fechas de Marte. Para nosotros los idus de marzo -que son las quincenas- no trajeron la brisa de los días festivos sino el inicio de una calamidad humanitaria que aún continúa a pesar de que el azote mediático haya reducido sus presentaciones.

Es cierto; en la quincena de marzo solo los expertos y los no tan expertos se atrevían a dar proyecciones. Los primeros porque sabían que la gripe de Wuhan era rara, muy rara, tan rara que no se sabía a detalles las formas de combatirla, los protocolos para guarecerse, si el alcohol era un aliado; y los segundos, entre los cuales habitan políticos, hablaban de ella por ignorancia, por amor al error permanente, por pura suspicacia. Todos los demás solo atinábamos al chisme de sobremesa, a comentar el fatalismo de las imágenes -que a cada instante y sin césar- pasaban por la tele.

La COVID-19 (en aquellos días no se sabía si era él o ella) tenía -y tiene desde luego- un rostro político, la oportunidad de la ventaja, las sumas en las encuestas. Yo recuerdo -no sé ustedes- aquella celebración de cumpleaños de Vizcarra días después de aplicado el garrote de la cuarentena. La transmisión en vivo en casi todos los canales del ágape, los aplausos de las secretarias y los subordinados en Palacio, y él, Vizcarra, con esa risita que lo acompaña de mentiroso convulso no podía contener la alegría y soplaba apagando las velas mientras calculaba en silencio cuántos puntos subiría el fin de semana. Sí, se hacían encuestas a pesar de todo.

Ha muerto mucha gente. Sigue muriendo todavía. En mi familia hemos rezado las almas de tres caídos que a pesar de todos los cuidados, prevenciones y resistencias se fueron sin un adiós, sin un abrazo, sin un beso triste. Yo siento que no los hemos llorado lo suficiente aunque cada quien lo hizo desde su atalaya, en el rinconcito de su hogar; pero entre todos hemos jurado que cuando esto pase, si algún día pasa, hemos de llorar en coro, no sé si por aquellos recuerdos de nuestros caídos, por aquellos días pasados cuando no había virus, cuando un abrazo se hacía a menudo y por ende irrelevante;  o lloremos por la simple y sencilla razón de estar vivos después de todo.

Cada vez abro menos la cuenta del Facebook porque al instante y en primer plano uno se encuentra con cataratas de oraciones, cientos de cadenas de alabanzas, largos despidos finales, lazos negros como imagen de perfil. Y abro menos mi cuenta porque he llegado a una etapa en que todo me enternece. Antes de la pandemia sentía al Facebook como un mar inaccesible hacia donde nadar, salir de lo humano, escapar de la rutina interpersonal y entrar en el terreno escondido de lo tecnológico; pero entre diciembre y este enero me di cuenta que lo tecnológico es hoy la más pura vida y la más inerte muerte.

Creo que ya todas las familias peruanas han perdido un ser querido o a un amigo especial. Si algo he de estar tan seguro es que hay un padre que perdió un hijo, un nieto que perdió un abuelo, una hija que perdió a una madre. Así de cruel ha sido esta epidemia que ahora ya tiene apellidos: brasileña, sudafricana, británica. Pero que, aun así, -y por la censura- se hace imposible llamarla a viva voz: virus chino.

No sé si habrá escapatoria. A las semanas de iniciada la pandemia, allá por abril o mayo, en las pocas veces que salía por aquellas calles que eran bullangueras, las avenidas donde todos se perdían por multitud, ahora eran cuadros desiertos, con caritas preocupadas, con los ojos miedosos. Hoy vuelvo a percibir ese miedo de las primeras semanas, no como en octubre o noviembre donde hasta fiestas, pichangas, ceremonias o bodas hicieron. Cada día muere más gentes, más amigos, más conocidos y no sé si este puñado de letras tendrán final o seguirán más adelante.

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