Si nos hubiéramos confinado

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, el Perú no estaría en el tristísimo segundo lugar del ranking de contagios por coronavirus en la región, ni en el décimo tercero a nivel mundial; tampoco estaríamos esperando con angustia por el descenso de una curva estadística que parece nunca llegar.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, no habrían sucumbido casi ya dos mil personas, ni existieran tantas víctimas entubadas en los hospitales del país suplicando por aire; tampoco veríamos aterrados las tristes imágenes de morgues y pasillos de hospitales atestados de bolsas negras con cadáveres abandonados.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, medio centenar de familias aún tendrían al padre, al hermano o al hijo policía entre ellos; tampoco los médicos, enfermeras y técnicos tecnológicos estarían llorando a sus muertos, y ayudando entre sollozos a otros pacientes en medio de tanta carencia y frustración.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, no veríamos morir a tanta gente que, confiada en el falso negativo de las pruebas rápidas, siguió su vida con normalidad y contagió a diestra y siniestra a sus propios familiares y compañeros; tampoco existirían las larguísimas colas de gente desesperada y desfalleciente en busca de atención médica, muchas veces inútilmente.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, nos habríamos ahorrado la indignación de comprobar la irresponsabilidad de la “gente de bien” que no respeta ni los toques de queda, o de ver a muchedumbres volcadas en los mercados populares con las mascarillas de medio lado.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, habríamos evitado el bochornoso espectáculo de ver cómo se roba sin miramiento alguno en la Policía Nacional, el Ministerio de Salud, la Contraloría y otras instituciones públicas bajo el perfecto pretexto de la emergencia sanitaria. 

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, no tendríamos que soportar más cuarentenas, cincuentenas o sesentenas y estaríamos respirando el aire de la victoria contra el COVID-19, una de las pocas que el Perú podría haber logrado a lo largo de su historia casi bicentenaria.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, no importarían las estrategias fallidas del gobierno, porque ya hubiésemos superado, por nuestro propio esfuerzo, la amenaza de la pandemia; tampoco estaríamos discutiendo por qué las personas con sobrepeso y los adultos mayores están impedidas de salir a las calles por tantos meses.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, no tendríamos que escuchar casi a diario los discursos presidenciales cada vez más alejados de la triste realidad, ni aguantar a sus áulicos que lo pontifican como si fuese el Winston Churchill de la guerra contra el COVID-19; tampoco tendríamos al batallón de troles insultando en las redes a todo aquel que ose criticar al gobierno.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, habríamos percibido un cambio cultural trascendente en los peruanos, y creeríamos estar en camino hacia una sociedad que valora el bien común y que llegará al Bicentenario dispuesta a dejar un país mejor a las generaciones que vendrán.

Si todos nos hubiéramos confinado desde el primer momento, habríamos, sin embargo, dejado de ser auténticamente peruanos, ese grupo humano con una conciencia colectiva inexistente, sin sentido común, que es capaz de dividirse, incluso cuando hay un enemigo único y mortal como el COVID-19; como ocurrió también en la Guerra del Pacífico y, hace no mucho tiempo, frente a la sangrienta amenaza de Sendero Luminoso.

Este es el Perú. Y nos merecemos lo que el destino nos depare.

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