Sagasti y sus prioridades

Ha hecho bien el presidente Sagasti en marcar la cancha y precisar las prioridades de su gobierno transitorio: elecciones, economía, pandemia y seguridad. En solo ochos meses, y en medio de profunda crisis, sería hasta contraproducente ampliar el horizonte de objetivos primordiales. Alentar la expectativa ciudadana con ofrecimientos incumplibles podría ser fatal para la estabilidad de su propia gestión.

La lista de demandas de un país como el Perú es, sin duda, enorme y, por eso mismo, es imperativo de un gobernante actuar con realismo y prudencia, sobre todo cuando aún el caldero político no termina de enfriarse. Quien mucho abarca poco aprieta, dice el refrán.

La nueva constitución que demanda un sector político es discutible. Es más, debería ser tema de profundo debate entre los candidatos en la próxima campaña electoral, que, precisamente, es uno de los espacios adecuados para el contrapunto de ideas y propuestas. Los cambios apresurados nunca conducen a nada bueno.

La historia demuestra que un cambio constitucional no garantiza per se el progreso y el desarrollo. Ese proceso requiere, además, de otras condiciones básicas como, por ejemplo, ciudadanos informados que sepan ejercer su derecho al voto adecuadamente. Recordemos que la precaria representación parlamentaria -causante de la última crisis- es el resultado de votos equivocados.

Una nueva constitución ni siquiera termina con el mal de la corrupción, enquistada no solo en la clase política, sino en la misma sociedad peruana desde antes de la época fundacional de la República. Los valores morales y éticos no provienen de cuerpos legales, sino forman parte de los aspectos culturales.

Estados Unidos, la primera potencia del mundo, ha tenido una sola constitución a lo largo de su vida republicana, con enmiendas (reformas) es cierto, pero sigue adelante sin cambios radicales. Haití tuvo 24 y sigue siendo el país más pobre de América. El ejemplo es categórico.

Es verdad que una constitución no puede ser un cuerpo inerte, grabado en piedra y que debe permanecer inalterable, sino un marco legal que obedezca a la dialéctica de la historia.  Por eso, precisamente, el asunto requiere de una profunda reflexión y una evaluación. Qué se debe cambiar, por qué y para qué.

Sagasti ha dicho que no es el momento aún de ver el tema constitucional y ya es sujeto de presiones, lo cual no es una buena noticia porque la tarea urgente de un gobierno transitorio es otra. Todo tiene un momento adecuado.

Lo que hay que pedirle al mandatario es transparencia y neutralidad en las próximas elecciones, habida cuenta que su partido insiste en ponerlo como candidato, lo cual tampoco se observa bien cuando, máxime, la ciudadanía exige cambios en la praxis política. Un presidente-candidato genera muchas dudas.

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