Quien siembra vientos, cosecha tempestades

El rechazo a la cuestión de confianza al gabinete Cateriano no es para tomarlo como juego; aunque tampoco es tan grave como algunos “influencer”, desesperados por la mamadera, pretenden hacer creer. En un par de días la crisis política estará superada con un nuevo gabinete. Lo realmente dramático es que la pandemia y los aprietos económicos continúan agobiando al país mientras el gobierno naufraga en sus desaciertos.

Desde que el actual parlamento iniciara sus actividades, se percibía una pauperización en la calidad de la representación nacional. Las primeras decisiones en busca de aplausos fáciles, dijo mucho sobre la irresponsabilidad con que actúan varios de los congresistas. Empero, lo que ocurrió la madrugada del martes revela, además, que ciertos grupos parlamentarios juegan sus propios partidos, en los cuales los intereses nacionales poco tienen que ver. Peligroso, por cierto.

A estas alturas cabe preguntarse, ¿cómo llegamos a esta situación? La explicación surge del pasado reciente, con un protagonista estelar que ahora es, precisamente, quien paga las consecuencias: Martín Vizcarra. Fue el mandatario quien se acostumbró a usar la “pechada” como parte de su estrategia política para mantener enardecida a las tribunas. Ahora no debería quejarse.

Fue el hombre de Moquegua quien, alentado desde las sombras por una progresía afincada hace años entre los recovecos de la administración pública, impulsó una narrativa política con mención constante de la lucha contra la corrupción, una lucha que, en realidad, solo es un lema político. La corrupción campea en la administración pública con índices alarmantes, empezando por el entorno más cercado del propio mandatario.

Con tal mensaje político confrontacional, el mandatario convenció a los peruanos que la mayoría parlamentaria del anterior Congreso era el causante de todos los males del país. No le fue muy difícil, por cierto, porque varios de los congresistas de aquel entonces colaboraron desacreditándose con mano propia. Finalmente, pechó una y otra vez al Congreso, lo disolvió con argumentos cuestionables, mientras la barra brava aplaudía a rabiar.

Vizcarra pensó que el actual Congreso, conformado por una novel representación parlamentaria y con el “aprofujimorismo” reducido a su mínima expresión, sería manejable y actuaría bajo el influjo del Ejecutivo. Se equivocó. Tuvo su primera respuesta con el tema de la inmunidad: reclamó eliminarla para los congresistas y se la quitaron también a él.

Vizcarra ha acusado la colisión propinada por el Congreso y salió a contestar; sin embargo, más que una respuesta enérgica pareció una queja pública. ¿Se habrá dado cuenta por fin que sus asesores lo condujeron por caminos espinosos y cambió moco por baba? La baja calidad del actual parlamento es, en gran parte, responsabilidad suya. Él condujo. promovió y empujó este proceso, basándose en premisas políticas de dudosa validez.

Nadie duda que en el juego de pechadas Cateriano es un experto. Se suponía que, entre otras cosas, ayudaría al mandatario en su conocida estrategia de confrontar cuando la ocasión lo necesitara; resulta que fue otra víctima más y tiene que irse a su casa. Le queda un premio consuelo: puede ser candidato el 2021.

El golpe no solo lo sintió el mandatario. Hubo gritos destemplados provenientes de sus adláteres de la progresía que sienten una amenaza sobre el establishment. Perder los jugosos sueldos y consultorías provenientes de las arcas del Estado no está en sus planes.

Más allá de la inoportunidad de la luz roja para el gabinete Cateriano en un momento de graves dificultades, se trata de un severo llamado de atención al gobernante. No todo puede ser “pechadas”, sobre todo en una época donde se requiere más consenso que disenso. Un crisis genera oportunidades.

El mandatario tampoco debe olvidar que quien siembra vientos cosecha tempestades. Y quien busca encuentra.

 

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