Palabras, palabras, tan solo palabras

Lo que al comienzo de la pandemia parecía uno de los aspectos más resaltantes del gobierno se ha ido tornando en un punto flaco. Los mensajes presidenciales tan elogiados inicialmente han experimentado un proceso de desgaste como producto de errores tácticos y estratégicos y, ahora, lejos de constituir una herramienta comunicacional eficaz resultan inadecuados hasta para la propia imagen presidencial.

Dos horas de monsergas repetitivas varias veces a la semana cansan hasta al más abnegado de sus seguidores, salvo, por supuesto, a los “troles” asalariados que están dispuestos a defender incluso el doctorado honoris causa de “Richard Swing”. Si alguien, al principio de la cuarentena, creyó ver en el mandatario una imagen paternal, ahora, con seguridad, tiene otra visión bastante menos halagüeña.

Una de las principales cualidades de un líder es la capacidad para comunicar y lograr influenciar a las personas. La clave es tener en claro por qué se está comunicando y siempre tener un propósito. Si la comunicación no existe o es deficiente no habrá seguidores y, por lo tanto, no habrá liderazgo, lo cual es grave para cualquier mandatario.

El discurso presidencial debe, necesariamente, tener una enorme dosis de realismo. Decir medias verdades o maquillar la realidad es mentir. Incurrir en falsedades en momentos tan dramáticos es un pésimo mensaje para una población agobiada por la pandemia y la crisis económica.

Los actuales mensajes comunicacionales de Vizcarra tienen tal cantidad de recovecos que más parecen un laberinto de palabras. Lejos de mostrar liderazgo, eficiencia y eficacia ponen en evidencia incoherencias lamentables. Contradicen la realidad, menosprecian la inteligencia ciudadana, soslayan temas sensibles (como el de Richard Cisneros) y, a veces, resultan hasta confrontacionales.

Lo peor es que el mandatario no ha mostrado intenciones de modificar su discurso. Sigue hablando eufemísticamente de mesetas epidemiológicas aunque la realidad le demuestra lo contrario; asegura que existe capacidad hospitalaria para los pacientes COVID-19 y los propios médicos y policías se mueren sin atención; anuncia un bono universal que no es universal, sino que discrimina a millones de peruanos; calla en casos de corrupción y un largo etcétera; en suma, pinta un panorama ficticio que la realidad se encarga de echar por tierra. Así pronto llegaremos derechito al abismo.

Las calles atestadas de gente desesperada, las altas estadísticas de contagios en el país, las mesetas inexistentes y los análisis internacionales dramáticos sobre la pandemia en el Perú y otros muchos factores muestran una situación altamente peligrosa, un panorama que obliga a realizar cambios radicales en la estrategia de lucha contra la pandemia, partiendo de un replanteo y sinceramiento del discurso oficial que ahora deja muchísimo que desear. Engañar o engañarse nunca conducen a nada bueno.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD