Las lecciones del Bicentenario

Las elecciones generales en el año del Bicentenario de la República están signadas por la incertidumbre, el miedo al contagio y un panorama político singular, con aspirantes presidenciales de escasísima aceptación popular, escenario inusual en comparación a anteriores comicios de la historia del Perú.

¿Qué ha causado este fenómeno? No solo es la amenaza pandémica, ni tampoco la mediocridad de los propios candidatos en estas elecciones, sino el descrédito de la clase política en general, el ineficiente manejo de la cosa pública y la incapacidad para interpretar las aspiraciones de un enorme porcentaje de la población -tanto urbano como rural- que carece de los más elementales servicios.

La gente está cansada de los discursos vacíos, tanto de derechas como de izquierdas, porque, nunca como ahora, los percibe tan alejadas de las urgencias nacionales y de los problemas endémicos de los olvidados de siempre. La gente no quiere ideologías, requiere soluciones prácticas a sus necesidades diarias en estos momentos dramáticos para millones de familias.

La pandemia, sin dudas, contribuyó a desnudar las ineficiencias de un estado manejado durante décadas por una clase política mediocre, sin visión de país, más dedicada a llenar sus bolsillos, en componenda con un empresariado mercantilista anidado en la derecha política, no solo la más bruta y achorada del país, sino también antihistórica.

Pero. de igual modo, desembozó el fracaso estrepitoso de la izquierda progre, cínica e hipócrita, que se arroga una supuesta superioridad moral y que, al final y al cabo, solo oculta las mismas miserias que la derecha pretende esconder, es decir, corrupción y desprecio por los pobres. Lejos de atacar los problemas estructurales, esta izquierda de cafetín encaramada en el poder desde hace dos décadas, solo se ocupó en promover una agenda particular divorciada de las necesidades más básica de la población. Y están pagando las consecuencias.

No es necesario ser adivino para percatarse que un grueso porcentaje del electorado percibe que la corrupción en la política y en el manejo del poder ha impedido, en gran medida, que los beneficios de bonanza económica de los últimos veinte años alcance a todos los sectores. Y es cierto, cuántos miles de millones de dólares que pudieron servir para impulsar desarrollo, han ido a parar a bolsillos delincuenciales.

El “goteo” tan repiqueteado durante el gobierno de Alejandro Toledo -procesado precisamente por enriquecimiento ilícito- nunca se convirtió en “chorreo” durante su gestión, ni en las posteriores administraciones denunciadas también por actos de corrupción. No es casualidad que ningún presidente de los últimos veinte años esté libre de polvo y paja.

Más allá de los resultados electorales, la irrupción de la candidatura de Pedro Castillo con una postura de izquierda extrema es la prueba más fehaciente de que la actual clase política está fracasando. Castillo puede ser la antítesis para un país moderno, pero, al mismo tiempo, es una señal más de alarma que las cosas no se están haciendo bien desde el poder hace muchísimo tiempo.

Perú ha llegado al Bicentenario, pero su clase política y sus empresarios no han aprendido nada en doscientos años de historia. Ni los episodios más dramáticos en dos centurias, como la Guerra del Pacífico o Sendero Luminoso, les han servido de lección y seguimos en las mismas andanzas. Pobre país.

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