La “prensa alternativa”

El gobierno ha desplegado sus esfuerzos para promocionar a la llamada “prensa alternativa” en otro intento de contrarrestar las informaciones que aparecen en los medios de alcance nacional sobre la andanada de denuncias por corrupción que recaen sobre el presidente Pedro Castillo y su entorno personal.

La “prensa alternativa” no es una creación heroica del inefable Aníbal Torres o de algún “sesudo” asesor de la administración castillista, quienes lo anuncian con bombos y platillos y hablan de ella como si fuera el hallazgo del elíxir de la juventud.

La denominada prensa alternativa ha existido y existe con mayor o menor incidencia hace bastante tiempo. Este término circula desde hace varias décadas, incluso mucho antes de la aparición de las redes sociales. En las escuelas de periodismo peruano se hablaba de ella con anterioridad a los años 70, generalmente vinculándola a corrientes socialistas.

En verdad, se equivocan quienes pretenden aplicar tipificaciones a la práctica del periodismo. El periodismo es uno solo y se rige de claros principios rectores: la equidad, pluralidad, veracidad, responsabilidad e independencia. Este es el mandato inexorable para la prensa moderna ya sea escrita, radial, televisiva o cualquier otra que puedan surgir con las nuevas tecnologías de la comunicación.

Como las demás profesiones, la actividad periodística tiene, además, responsabilidad social y debe actuar en función del bien común; es un precepto ético cumplir estas obligaciones en la cotidianidad informativa. Esto debe quedar bien claro.

Aquellos que actúan al margen de los cánones deontológicos descritos simplemente no están haciendo periodismo, sino transitando terrenos distintos, tal vez el de la propaganda, la vocería política, las relaciones públicas o cualquier otra actividad, pero periodismo no.

Quienes practican la llamada “prensa alternativa”, como se han presentado en las últimas semanas, no están cumpliendo a cabalidad con los preceptos descritos. Es fácil advertir que están haciendo vocería política, activismo o propaganda y, por lo tanto, periodismo no es. Prensa no es.

No se trata de descalificar a quien optan por ese camino, ya sea por convicción o factores crematísticos. Son actividades completamente legítimas y plausibles, pero hay que llamar a las cosas por su nombre. Engañar y encubrir propaganda calificándolo de “prensa” es manipulación pura y dura. Y, lamentablemente, buena parte de los medios peruanos, sean de Lima o de provincias, transitan por ese camino.

No solo basta un celular, una cámara y un micrófono para convertirse en periodista. Existen responsabilidades que cumplir, parámetros que respetar, obligaciones que acatar, ética que preservar. Ello, por su puesto, no significa recorte del derecho constitucional de expresión. Informar es una cosa y opinar es otra.

Es cierto que el periodismo peruano no está entre los mejores del continente; tal vez históricamente nunca lo haya estado. Y, sin ánimo peyorativo, podría decirse que es mediocre y pueblerino, en relación a la prensa de los países más avanzados. Las portadas y los titulares de las épocas electorales dicen mucho de su calidad.

Sin embargo, intentar cubrir sus deficiencias con una supuesta “prensa alternativa”, obedece a otras intenciones muy alejada a realmente mejorar la calidad y ampliar los canales informativos hacia la ciudadanía. No traten de vender gato por liebre.

 

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