La meseta empinada de Vizcarra

El país marcha de frente al colapso y solo un golpe de timón rápido lo impedirá. Es necesario un cambio radical en la estrategia de lucha contra la pandemia. Las autoridades del gobierno no pueden permanecer impasibles frente al sacrificio de decenas de médicos, enfermeras, policías, militares y la muerte de cientos de ciudadanos. Continuar con un discurso triunfalista que colisiona con la cruda realidad simplemente resulta suicida.

O el presidente de la República padece de una miopía avanzada o sus asesores lo están engañando como a un inocente párvulo. Es absurdo e insostenible afirmar que el Perú ha ingresado a la meseta de la pandemia cuando las cifras de muertos y contagiados suben todos los días de forma alarmante. No solo lo dicen los expertos independientes peruanos, sino también los analistas internacionales como el prestigioso periódico The New York Times.

Según las estadísticas de la Universidad Johns Hopkins, el Perú está en el puesto 12 en la lista fatídica de países con mayor número de contagios alrededor del mundo, en la que supera a la propia China, mientras que en Latinoamérica figura como segundo; más arriba solo están países inmensamente más poblados como la India y Brasil, con los que no hay punto de comparación.

Los números oficiales del COVID-19 son irrefutables. El jueves 14 de mayo hubo 80 604 infectados y 2 267 muertos; al día siguiente, viernes 15 8495 contagiados y 2 392 fallecidos; y 24 horas después 88 541 contaminados y 2 523 víctimas mortales. Como se puede constatar, el avance del virus es irrebatible y el país está en una subida empinada.

Los expertos señalan que las vigas maestras en la estrategia contra una pandemia son dos. La primera es la cuarentena, que es un repliegue táctico para ganar tiempo y equiparse a fin de atender a las víctimas, fortalecer a la primera línea de defensa e inmovilizar al virus. ¿Las autoridades compraron equipos suficientes? No. La segunda es realizar miles de pruebas diarias con el método adecuado para identificar a los contagiados y acorralar al virus. ¿Se cumplió? No.

En ambos aspectos, el gobierno fracasó. No adquirió equipamiento suficiente y adecuado, ni siquiera para proteger a médicos, enfermeras, policías y militares; ofertas hubo, pero las rechazó. Y no ha podido sitiar al bicho que continúa paseándose a su antojo en diversas zonas del país, porque se utilizan las pruebas rápidas, inútiles para detectar virus. En este descalabro, un porcentaje de la población que no acató las disposiciones de inmovilización social tiene una enorme dosis de culpa.

Han pasado más de 60 días de cuarentena. El tiempo se acaba y muchas vidas de esforzados profesionales e inocentes ciudadanos se siguen extinguiendo, mientras los asesores palaciegos ensayan explicaciones cantinflescas para justificar la meseta epidemiológica que solo ellos se empeñan en ver. 

Antes de que sea más tarde y más familias sigan llorando a sus muertos, cambie su estrategia, señor presidente. Treinta y tres millones de peruanos se lo van a agradecer de todo corazón. 

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