Keiko y su terca apología del delito

Nunca como en estas elecciones generales Keiko Fujimori ha tenido que echar mano de su escueleo fujimontesinista, sin rodeos ni disimulos, en el afán de tentar por tercera y posiblemente última vez, llegar a la presidencia de la República, siguiendo pautas de pésimos asesores políticos y mediáticos, cuyos perfiles anuncian una nueva y contundente derrota.

Un primer hecho es que no ha pasado desapercibido que la candidatura de Hernando de Soto bien puede responder a la estrategia-respuesta del fujimorismo frente a la posibilidad de que la candidatura de Keiko quedase fuera de competencia por efecto de la acción de la justicia que implica a Fuerza Popular como organización criminal y que debe ser sancionado como tal.

Ante tal eventualidad, nadie mejor que Hernando de Soto para suplirla. Obviamente, si Keiko logra, como hasta hoy ocurre, sortear la acción de la justicia, a su “fuerza popular” se uniría en el momento oportuno la del publicitado de Soto y también la del alanismo supérstite, entre otros pesos electorales menores, aunque el intento de dejar otra vez fuera de la competencia a César Acuña, por ocultar información relevante, abone también en esa dirección.

Pero, resulta que los cálculos sobre el impacto que podría provocar en la ciudadanía la candidatura de Hernando de Soto, nunca se dieron y los contados aspavientos alrededor del candidato se vinieron abajo por desconocimiento impropio.

Y si bien Keiko respira algo más tranquila, no porque Fernando Rospigliosi, uno de sus asesores, se haya dado las ínfulas de tildar de “politizado” al fiscal Domingo Pérez, sino porque en muchos casos la Fiscalía Especializada camina con pies de plomo, lo único cierto es que los alanistas sí han cumplido con su parte –torpedeando la candidatura de Nidia Vílchez y sus listas parlamentarias–, ofreciéndola a la empecinada candidata como un presente griego moderno: con cuatro gatos en el caballo de Troya.

Pero, alguien le debe haber soplado al oído a Keiko, que sus asesores no dan pie en bola, alerta que la ha llevado a replantear su estrategia electoral; así que, después de decir y desdecirse en los dos procesos electorales anteriores, sobre un posible indulto a su padre, ahora sale muy oronda a decir que de ser elegida lo indultaría, para vender la imagen de una mujer resuelta y firme ante un electorado que, de lo que menos quiere saber, mayoritariamente, es de los Fujimori en el escenario político nacional.

Sin embargo, más allá de lo anecdóticos que puedan resultar los vaivenes de la azarosa campaña de Keiko para ofrecerse como la candidata más idónea al objetivo de “dejar hacer dejar pasar” que los mercantilistas no quieren que acabe nunca para seguir en el festín, lo que queda una vez más en evidencia es su proclividad a hacer apología del delito.

Así, por ejemplo, ella está convencida de que su padre, condenado por corrupción, peculado, secuestro, violación de derechos humanos, entre otros, no cometió delitos sino “errores” y “excesos”, y que quienes enrostramos al fujimorismo esas verdades no condemanos la corrupción sino que somos “promotores del odio”.

También ha intentado que los últimos presidentes de la República indulten a su padre, a sabiendas que eso es ilegal, no solo porque frente a la gravedad de los crímenes cometidos no cabe detener la ejecucución de sentencia, sino porque, además, el control de convencionalidad lo hace impracticable.

Pero, lo insólito es que cuando su hermano Kenyi pactó con PPK para indultar a su padre, Keiko descargó sobre él todo el peso de su poder político partidario para condenar su atrevimiento, pese a que el denominador común de ambas intenciones está basado en la ilegalidad.

Más todavía, recientemente incitó también al presidente Francisco Sagasti, a que se pronuncie contra cualquier posibilidad de dejarla fuera de la competencia electoral si las instancias fiscales y judiciales que la investigan lo determinan así en debido proceso; a sabiendas de que, de hacerlo, Sagasti estaría cometiendo un delito.

Ahora, ¿cómo entender a una candidata que asegura realizará sí o sí un acto ilegal si resulta elegida presidenta de la República, cuando el electorado al que tiene que convencer es totalmente contrario a la corrupción?

¿Es esta una aceptación adelantada de su posible próxima derrota electoral?

¿O hay un plan B, en el manejo del proceso electoral, que le da tanta seguridad a Keiko? No olvidemos que en los últimas elecciones generales se produjeron hechos no ajustados a las reglas de juego y también normas no concordadas a mandatos constitucionales.

No obstante, poner en la agenda política el indulto al padre, es también una manera de invitar a que se hable de los delitos cometidos por Alberto Fujimori, y no de los presuntos delitos que las autoridades fiscales y judiciales investigan adjudicándole a ella su autoría.

Ahora bien, si se mantienen los parámetros que garanticen la limpieza y transparencia del proceso electoral, creo que en estas elecciones generales, aquel escenario óptimo deseado por todo candidato, de lograr pasar a la segunda vuelta y, en ese caso, enfrentar al rival ideal, se podría dar ahora pero como una paradoja.

Me explico: Dudo que el Partido Morado, frente a la debilidad de la candidatura de Julio Guzmán, tras haber perdido a Francisco Sagasti, que era el aporte más fuerte a su plancha presidencial, pueda llegar a la segunda vuelta; y, más allá de lo que sabemos sobre las encuestadoras, que recién a dos semanas previas de las elecciones empiezan a sincerar los porcentajes reales (no todas), y disminuyen el juego del margen de error hacia arriba o hacia abajo, según el candidato de que se trate, creo que Verónica Mendoza,  la candidata presidencial de Juntos por el Perú, será quien llegue primero a esa segunda vuelta.

De llegar Keiko, si acaso más conservadores le endosaran sus votos en primera vuelta, será un enfrentamiento entre quien insiste en lo mismo (la señora K), contra quien, como Vero, tiene una posición firme de cambio en la dirección que demandan las mayorías ciudadanas.

Además, será la Generación del Bicentenario –a cuyos integrantes el fujimorismo cree que desaparece cuando manda a “La resistencia” (“La pestilencia” le dicen los jóvenes), a derribar una y otra vez los murales en los que se rinde homenaje a los Mártires de la Democracia Brian Pintado e Inti Sotelo–, la que definirá el necesario margen de triunfo a quien resulta la mejor opción frente a todos los oscursos intereses de los personajes que perpetraron el golpe de Estado con ribetes fascistas.

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD