Hasta dónde debemos practicar las verdades…

Martín Vizcarra Cornejo construyó su camino a la vacancia a puro pulso. Trazó su destino político en base a deslealtades y mentiras que, al principio, le sirvieron para encaramarse en el poder, pero, luego, le pasaron la factura y lo empujaron hacia la vergonzosa salida de la incapacidad moral.

Ha quedado probado que Pedro Pablo Kuzcysnki fue la primera víctima de su felonía. Los chats difundidos recientemente revelan que conspiró para sacar a PPK de la presidencia en coordinación con ciertos representantes de la bancada fujimorista. En el camino, pidió apoyo, incluso a algunas iglesias evangélicas, a las que después también traicionó.

Esa primera movida no resultó exitosa, pero bastó para saber de sus intenciones y su ADN. Cuando asumió la Presidencia de la República, luego de la renuncia de Kuzcysnki, montó un discurso basado en la lucha anticorrupción, lucha que, a la larga, solo se convirtió en un lema mentiroso utilizado para encubrir sus propias culpas. Los hechos lo demuestran.

La cosa no quedó allí. Empujado por la angurria de la progresía nacional, montó la estrategia de confrontación permanente contra el Congreso de la República, manejado por una mayoría de Fuerza Popular nada inteligente, vocinglera y colmada de denuncias, que ganó con su propio esfuerzo las antipatías de la opinión pública, lo cual facilitó los planes palaciegos para disolver tal representación parlamentaria.

Después llegó la pandemia y la sarta de descaradas mentiras para pretender demostrar una falsa eficiencia en la estrategia sanitaria que causó miles de muertos de lo cual pronto tendrá que responder, junto con su entonces ministro de Salud, Víctor Zamora, y otros funcionarios.

El pésimo manejo del caso Richard Swing fue el inicio de despeñadero. Hasta ahora Vizcarra no ha explicado el extraño vínculo que lo une a tan ridículo personaje. En su lugar hubo otra cadena de falsedades que fue descubriendo el verdadero rostro del vacado presidente.

La noche plena le cayó al moqueguano cuando comenzaron a aparecer los indicios de grave corrupción en su gestión como gobernador regional de Moquegua. La reacción fue el engaño público. Pudo superar la primera vacancia, pero las mentiras continuaron en medio de un ambiente de confrontación con el Congreso, tan usual durante el vizcarrato. El resto es historia conocida.

Paradójicamente lo sacó del gobierno una mediocre representación parlamentaria que fue hechura suya, con el aplauso de la progresía peruana que, empecinada en mantener el control de poder estatal, mostró que es capaz de elaborar las más truculentas narrativas políticas para encandilar a la opinión pública con la oportuna y aceitada participación de ciertos medios de comunicación.

Vizcarra pudo tener un gobierno destacado, pero desperdició la oportunidad ganado por la perversidad política, las ansias de supremacía y las malas compañías. Lección para quienes quieren acceder al poder a todo costo aunque transiten por el camino de traiciones y las mentiras más absurdas.

Lo lamentable es que la lista de presidentes investigados por corrupción sigue creciendo en el Perú y que la pandemia sigue como fantasma amenazante en el país.

Vienen nuevas elecciones, toca, ¿por fin?, que los peruanos voten con más responsabilidad y civismo para evitar los episodios tan dramáticos como este quinquenio. Un quinquenio perdido que acaba con el poder en manos de otro discutido personaje.

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