Entre Porky y Gárgamel

Yonny Lescano y Rafael López-Aliaga (RLA) encabezan las preferencias electorales, más por errores, fracasos y deficiencias de sus mismos adversarios que por virtudes propias, en medio de una campaña virulenta, repleta de ataques, sin preminencia del contrapunto de propuesta e ideas.

El primer lugar de Lescano en las preferencias ya no sorprende, pero sí la consolidación en el segundo lugar de López Aliaga quien hasta hace solo dos meses apenas superaba el 2%  y, ahora, a cuatro semanas de las elecciones, es serio aspirante a la segunda vuelta electoral.

RLA no es precisamente un postulante con grandes dotes políticas; al contrario, podría decirse que tiene hasta cierta torpeza y carece de expertise para las contiendas electorales. Lidiar en una campaña política requiere de algunas condiciones especiales que López Aliaga no tiene; por ejemplo: talento para la polémica y el debate electoral.

¿Cómo explicar, entonces, el crecimiento de RLA, alguien al que sus detractores descalifican tildándolo ultraderechista? No se necesita mucho análisis para percatarse de que los primeros propagandistas del hombre de Restauración Nacional fueron los propios activistas “progres” que, durante largas semanas, encaramaron en el top ten de las redes sociales los hashtags con burlas e insultos. Lograron visibilizarlo y lo sacaron del anonimato político. Una pésima estrategia en la que persisten.

Sin duda, el acierto más importante del equipo de campaña de López-Aliaga fue apelar a la simpática figura de Porky como herramienta de marketing político. Los resultados indican que fue una decisión adecuada. El gracioso porcino de los dibujos animados tuvo la virtud de cambiar la imagen del candidato, hasta entonces distante, nebuloso y soso.

Pero existe un hecho determinante para el surgimiento de estas dos opciones políticas que, con sus propias diferencias y matices, Lescano y López-Aliaga encarnan: el fracaso del sector progresista en los últimos veinte años.

La caída del régimen corrupto de Alberto Fujimori dejó un enorme espacio de maniobra al sector progresista que, en medio de la turbulencia de inicios de siglo, surgió auspiciosamente en un país golpeado por la podredumbre, las desigualdades estructurales y los males endémicos. La progresía se ungió como la reserva moral de los peruanos y montó un eficaz discurso político anticorrupción que nadie pudo cuestionar.

Convenció a jóvenes dispuestos a luchar por un país mejor y encandiló a gentes cansadas de una clase política parasitaria y corrupta, y un empresariado mercantilista que durante doscientos años de vida republicana solo sangró al Perú. La narrativa fue tan eficaz que nadie osó objetarlo, pese a que tenía una visión distorsionada e interesada de la historia reciente peruana.

Veinte años han pasado desde entonces hasta que llegó la pandemia y descubrió algo que ya se venía percibiendo en los últimos años. El Estado sigue siendo un paquidermo ineficiente y podrido, los problemas estructurales del país persisten y millones peruanos continúan excluidos y marginados.

Lo que es peor, el discurso anticorrupción resultó solo una farsa. No en vano los cinco últimos presidentes del Perú, dos exalcaldes de Lima y decenas de ministros son acusados de corrupción, sin contar la enorme cantidad de funcionarios públicos. Dos ejemplos recientes: las compras durante la pandemia y las vacunas VIP. En buena cuenta, nada cambió en dos décadas.

Dirán que la izquierda no llegó al gobierno, pero no podrán objetar que compartieron el poder desde el ya lejano periodo de Valentín Paniagua hasta el actual gobierno de Francisco Sagasti, pasando por los gobiernos de Toledo, Humala, PPK y Vizcarra. Copó muchísimos sectores claves del Estado peruano desde donde se pudo y debió impulsar cambios sustanciales en el país para combatir las históricas brechas sociales y las desigualdades. Pero no fue así. La progresía dilapidó su crédito político por las santas alverjas.

Los hechos demuestran que en dos década solo hubo más de lo mismo, salvo por el empecinamiento de impulsar una agenda política propia que no está orientada a solucionar los problemas reales y urgentes del Perú. ¿En verdad la progresía creyó que promoviendo, por ejemplo, absurdos lenguajes inclusivos tendrían posibilidades de ganar las elecciones en el Perú? Cómo se nota que les falta calle y esquina. La gente de a pie tiene otras urgencias, señores.

Y, ahora, el electorado peruano tendrá que elegir, probablemente, entre Porky y Gárgamel, salvo cambios de último momento. Así está la política peruana.

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