El Plan Marshall para el sector informal

Hace rato que las restricciones para la circulación de la ciudadanía en el país, dispuestas por el gobierno, han pasado a ser letra muerta o una especie de saludo a la bandera. Basta ver los noticieros de televisión para comprobar que miles de personas no acatan la cuarentena y salen a las calles con razón o sin ella.

Las personas que ya no pueden quedarse en casa acatando la inmovilización básicamente pertenecen al 72% informal de la economía nacional que necesita ganarse el pan día a día y ya no aguanta más el confinamiento. Es obvio que, cuando el estómago ajusta y el hambre acecha, cualquier recomendación sanitaria está demás.

Para nadie tampoco es un secreto que esta situación ha venido encubándose hace décadas. Ningún gobierno ha tomado en serio el problema de la informalidad y, salvo alguna que otra mención en los planes de gobierno y el discurso político, las medidas concretas fueron inexistentes. Más interesaron los éxitos macroeconómicos hasta que hizo su aparición el COVID-19.

Hace unas semanas, en un evento sobre las perspectivas de la economía post coronavirus, el exministro de Economía, Alfredo Thorne, reveló que en 2016 hubo un proyecto de formalización de ese enorme sector, pero quedó marginado a causa de otras urgencias coyunturales. Es una verdadera lástima porque la situación, tal vez, habría sido diferente si ese problema hubiera sido abordado en ese momento.

Las crisis generan oportunidades. Y este gobierno tiene la opción de iniciar un ataque profundo a la raíz del problema. Son millones de personas que requieren apoyo en estos momentos: pequeños comerciantes, microempresas, taxistas, artesanos y un sinnúmero de trabajadores independientes. Ellos pueden ser atraídos hacia la formalidad y todo lo que el concepto conlleva si se actúa con imaginación, creatividad y realismo.

El plan debe ser integral, ambicioso e innovador; y, en primer lugar, debe derruir las perniciosas trabas burocráticas existentes. Es necesario establecer incentivos económicos como parte de la asistencia que, de todas maneras, el Estado deberá dar a esos sectores empobrecidos. Reactiva Perú, de hecho, es un primer instrumento que debe ser utilizado con ese objetivo, ya que podría servir de una especie de gancho para identificar nombres y apellidos en ese enorme sector que está fuera del sistema.

Luego de esta guerra contra el COVID-19, podría montarse una especie de Plan Marshall peruano rumbo al rescate del sector informal que, finalmente, impulsaría la economía en general. Y no solo ello, de ese modo podría sentarse las bases de una transformación profunda porque este 72 % de informalidad en el país no solo engloba lo económico, sino también una serie de patrones sociales y culturales que se necesitan cambiar con el respeto a la autoridad.

A grandes problemas, grandes soluciones. Y no diga, Sr. Vizcarra, que solo es víctima de críticas arteras. Aquí hay una “propuesta artera”. Otra cosa es que usted no sepa escuchar.

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