Dos centurias de corrupción

Todos los peruanos tienen el absoluto derecho de salir a las calles a protestar. Nadie puede desconocer esa prerrogativa que, dicho sea de paso, ha sido ejercido en momentos cruciales del país como aquella famosa Marcha de los Cuatro Suyos de julio del 2000, a raíz de la segunda reelección de Alberto Fujimori, o la huelga nacional de julio de 1977 que quebró el espinazo de la dictadura militar y logró la convocatoria a la Asamblea Constituyente del año siguiente.

Es obvio que las protestas sociales deben tener como finalidad el bien común, el reclamo de derechos, la defensa los valores y otros fines superiores. Sin embargo, las recientes marchas convocadas en el país carecen de mensajes claros, de objetivos definidos y contundentes. ¿Es a favor de Vizcarra? ¿Se marcha contra Merino? Aún no se sabe bien.

Protestar por solo cualquiera de esas dos alternativas suena absurdo. Marchar contra un supuesto corrupto para defender a otro es ilógico, irracional. Sería, además, lamentable porque revelaría que la motivación tiene sus raíces en la defensa de intereses de grupo. El derecho de reclamo pierde legitimidad cuando es selectivo e interesados y se organiza para encontrar culpables en un solo lado de la acera.

El asunto crucial para el Perú en estos momentos es más profundo y delicado: es el enraizamiento de la corrupción en la clase política peruana, sean de derechas, centros o izquierdas. No por gusto los presidentes de la República de los últimos treinta años están presos o son procesados por sus raterías. Sin contar, por supuesto, a decenas de ministros, gobernadores regionales y alcaldes provinciales y distritales, acusados de corrupción.

La política peruana está podrida hasta la coronilla. Ese es el gran tema, señores. La crisis de estas semanas es una más en doscientos años de corrupción en el manejo del poder en la República. El Perú es un país enfermo de corrupción haces dos centurias.

Los políticos de las últimas décadas saben bien de este mal endémico y han sabido elaborar narrativas convenientes para sus intereses y enarbolar supuestas luchas contra la corrupción que, al final, solo se convirtieron en estribillos de campaña o cubiertas para sus latrocinios millonarios.

Marchar por Vizcarra o contra Merino de Lama y los 68 congresistas procesados cae solo en el terreno de la triste anécdota y el saco roto de esfuerzos inútiles. Defender a Vizcarra no es defender a la democracia porque él dejó de encarnarlo con sus indecencias. No se trata de moco o baba. No. Eso es lo que necesitan tener muy presente los espontáneos que chancan las ollas o salen a recorrer las calles.

Es el momento de qué mujeres y hombres de todas las edades salgan a las calles, pero no para defender a personajes que debe rendir cuenta de sus actos ante la justicia, ni ser manejados por grupetes que pretenden atornillarse en el poder para seguir medrando del erario público con consultorías millonarias, sino para empujar un cambio profundo en la praxis política en el Perú.

Es hora de adecentar la política expulsando a tanto caradura de la cosa pública con agenda particular. Es hora de emitir votos cívicos, informados y conscientes por los candidatos adecuados para evitar más presidentes encarcelados y congresistas impresentables. Esa es la tarea. Lograrlo sería el mejor homenaje a la Patria en su Bicentenario.

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