Cupcakes en tiempos de pandemia

La Presidencia de la República ha salido a responder la denuncia periodística de Sucesos sobre las adquisiciones de cupcakes, zapatos, alquiler de fotocopiadoras y otros artículos suntuarios en el Despacho Presidencial, innecesarios en tiempos de crisis económica y sanitaria. Sin embargo, lejos de disipar dudas y deslindar responsabilidades, lo único que han logrado los voceros es dispararse a los pies con una torpeza oligofrénica.

Han dicho que la presente gestión no es responsable de las «adquisiciones indebidas» y culpó a la anterior de haberlas realizado. Como ejemplo señalan que los famosos cupcakes fueron requeridos por una funcionaria el 17 de noviembre. Ocurre que ese día el presidente de la República era nada menos que Francisco Sagasti.

Al parecer el equipo de comunicadores no miró el calendario a la hora de redactar el comunicado. Tremendo error pues ni siquiera repararon en las fechas de las órdenes de servicio que figuran en el Portal de Transparencia y del Organismo Supervisor de las Contrataciones del Estado (Osce); absolutamente todos esos documentos fueron emitidos en diciembre en el gobierno actual. (ver nota aparte en www.sucesos.pe) 

Más allá de estas adquisiciones que han generado un escándalo mediático, la sucesión de hechos similares en el aparato público a través del 2020 describe la gestión amoral y negligente de la pandemia y la economía durante el gobierno de Vizcarra; con Sagasti lamentablemente se sigue el mismo camino. Basta dar una mirada a las contrataciones y adquisiciones públicas para comprobar que el Estado peruano gasta como si nada pasara en el Perú. La pequeña y gran corruptela a la orden del día.

Es obvio que la austeridad, tan indispensable en esta guerra contra el virus, es una palabra ausente en el gobierno y entre los funcionarios públicos. Se gasta a manos llenas como si estuviéramos en épocas de bonaza.

Entre marzo y abril del 2020, es decir cuando estallaba la pandemia en el Perú, la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) gastó miles de soles en bailoterapias, gimnasia laboral, compra de lujosos uniformes y modernas tablets. Por esa época estalló la escandalosa contratación de Richard Cisneros que determinó el fin del régimen de Martín Vizcarra. Por si fuera poco, otras numerosas perlas similares fueron descubiertas a lo largo del año pasado en las adquisiciones públicas.

En diciembre último, se supo de otro gasto escandaloso: el cambio de identidad visual en PetroPeru por el que se pagó una millonada. La justificación es casi una broma de mal gusto: “el cambio de la identidad visual busca mejorar la competitividad de la empresa para añadir valor a la Compañía y, así, incrementar aún más su aporte al país”. Es decir, sino cambia de logo su contribución empresarial será menor. Un absurdo total.

Es obvio que la austeridad, tan indispensable en esta guerra contra el virus, es una palabra ausente en el gobierno y entre los funcionarios públicos. Se gasta a manos llenas como si estuviéramos en épocas de bonaza. Los objetivos nacionales ni las estrategias sectoriales nunca cambiaron y continua el dispendio de los fondos públicos, pese al embate de la pandemia. Cupcakes han habido en todos los sectores públicos.

La empatía con los sectores más golpeados jamás existió. Al final, los cupcakes son solo el símbolo de la manera como el establishment enfoca la crisis sanitaria. Prima el interés individual, impera la mezquindad, cunde la inmoralidad, el cinismo y la frivolidad. Ni siquiera la amenaza a la vida humana conmueve a los burócratas que anteponen el interés de sus bolsillos. Así estamos.

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