Cuando la política es circo

La batahola de la vacancia presidencial ha concluido con un resultado paradójico: dos perdedores y ningún ganador. Martín Vizcarra sorteó la valla, capeó el temporal, pero quedó herido de cierta consideración, y le será muy difícil recuperarse de las magulladuras en los diez meses de lo queda de su mandato.

No vaya a ser que el ayayerismo mediático rentado y los “influencer” hagan creer al mandatario que es el vencedor de la contienda política y olvide que le quedan serios entuertos sin explicación. La carta notarial en la que su exasistente Karem Roca se desmiente a sí misma, no diluye las sospechas sobre los casos de corrupción en su entorno más cercano que, por cierto, también lo comprometen. De hecho, el ministerio Público ya encontró algunos indicios serios de irregularidades.

Hasta la aparición del caso Richard Swing, la oposición podía acusar a Vizcarra de mediocre, ineficiente e incapaz, pero carecía de elementos para endilgarle calificativos de corrupción. La difusión de los audios le han abierto ese flanco que sus adversarios políticos, que no son pocos, utilizarán con toda seguridad con la misma virulencia que usa el gobierno en sus ofensivas políticas. Es que el mandatario sembró vientos y continuará cosechando tempestades.

El gran perdedor, indudablemente, es el Congreso que confirmó su escaso nivel. Ya no quedan dudas de que la representación nacional está conformada, en su mayoría, por gente torpe, con visibles sicopatías y disonancia cognitiva.  De lo contrario no se explicaría cómo se puede lanzar discursos incendiarios a favor de la vacancia y luego votar en contra.

Si alguna virtud tuvo la reciente crisis es que sinceró la política peruana y lo llevó a su real dimensión actual. Diversos personajes han quedado desnudados ante la opinión pública. El Perú tiene una clase política lamentable, con actores amorales, inescrupulosos, irresponsables y, por su puesto, mezquinos, más interesado en sus temas subalternos que en el futuro del país.

Hasta el periodismo cumplió un rol lamentable, burdo o  humorísticoo. No pocos se aunaron a las barras bravas que pululan en el anonimato de las redes sociales, olvidándose de su real papel. ¿Quién les habrá dicho que alentar a uno u otro bando es el papel de los periodistas? Nada faltó para que se colocaran vinchas como en los ya lejanos años 90. Otros desorientados sirvieron de cortinas de humo con mucho swing.

Lo cierto es que la crisis no ha desaparecido del panorama nacional. Por algunos días se bajarán los decibeles de la grita, pero hay sangre en los ojos de ambos bandos y aún persiste el clima de animadversión. La vacancia podrá será cosa del pasado, pero todavía subsisten temas en la agenda inmediata en cuyo debate estos actores empujarán, otra vez, a  la política peruana al nivel de un circo pobre.

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