Cuando el presidente vive de aplausos alquilados

El discurso del presidente estuvo desubicado en el tiempo. Martin Vizcarra se creyó a la mitad de un periodo gubernamental y se dedicó a lanzar promesas, la mayoría de las cuales no podrá cumplir en los meses de mandato que le queda. Fueron casi dos horas de ofrecimientos que sonaron bien, pero, como dice el dicho popular, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

Hablar de temas como las líneas 3 y 4 del Tren Eléctrico, cuando ni siquiera la número 2 está cerca de terminar, solo resulta distracción para girar los reflectores lejos de los temas que realmente importan a los peruanos: la reactivación económica y la pandemia. El resto, en estos momentos, es cháchara, es búsqueda de aplausos que, a estas alturas, ya son alquilados.  ¿O el mandatario seguirá creyendo que más de la mitad de los peruanos respaldan su gestión?

No suena lógico discutir sobre reformas políticas en medio de cadáveres, ni hablar de transparencia cuando las primeras mentiras salen de las autoridades del gobierno que él mismo encabeza. Tampoco resulta razonable hablar de nuevos bonos cuando nadie conoce a beneficiario alguno de los anteriores.

Una parte de la perorata redundó en asuntos que solo han servido de lemas políticos en la gestión vizcarrista como la lucha contra la corrupción. ¿Acaso el mandatario se olvidó de los tremendos robos en casi todos los estamentos del gobierno desde que se inició la pandemia? Cientos de policías, médicos, enfermeras, es decir, la gente de la primera línea de batalla contra la pandemia, murieron o se enfermaron porque usaron equipos de protección sanitaria inadecuados que ciertos ladrones compraron solo con el objetivo de medrar. Fue una especie de traición a la patria en plena guerra. Sin embargo, eso lo pasó por alto.

Un factor sustancial en el fracaso de la lucha contra el COVID-19 fue, precisamente, la corrupción en el aparato del Estado, una corrupción que evitó una correcta redistribución del presupuesto público en asuntos verdaderamente prioritarios, de acuerdo con la demanda de la crisis actual. Al contrario, en casi todos ministerios se siguió gastando con ahínco en contrataciones y compras absurdas, superfluas, innecesarias. Ni una palabra del Jefe de Estado sobre ese tema.

Tal vez lo más importante del mensaje presidencial fue el anuncio de mayor presupuesto para el sector Salud en el 2021 y el aseguramiento universal para todos los peruanos. El sistema sanitario peruano requiere atención especial en estos momentos de pandemia que amenaza con extenderse hasta más allá de fin de año. Era lo menos que se esperaba.

La lista de ofrecimientos fue larga y abordó casi todos los sectores, incluido, Cultura y el próximo Bicentenario, pero, como se ha hecho costumbre en Vizcarra, hubo ausencia de autocrítica. El tonito de autosuficiencia en el manejo de la lucha contra el COVID-19 es burdo. ¿No se percata el mandatario de la enorme responsabilidad que tiene en la muerte de más de 43 mil personas? ¿No se da cuenta aún que su estrategia fue un desastre y le está costando caro al Perú?

Tampoco hubo una solo referencia a los tremendos yerros en el programa Reactiva Perú que favoreció, principalmente, a las grandes empresas, las cuales, luego de recibir millonarios créditos, aplicaron programas de despidos masivos dejando en la vía pública a gran cantidad de empleados. ¿Así reactiva el Perú?

A Vizcarra le quedan solo nuevo o diez meses en el poder; el tiempo restante será de transferencia de mando con el nuevo gobernante. De modo que una de sus prioridades es garantizar elecciones transparentes que incluyan el sufragio de los miembros de las fuerzas armadas y la Policía Nacional, quienes el 2016 fueron impedidos de votar. ¿Es verdad o no, señor Pedro Cateriano?

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