Cuando el negacionismo no alcanza para gobernar

El negacionismo como premisa para el ejercicio político y la gestión gubernamental es el peor consejero, y así lo estamos constatando en estos primeros 27 días del gobierno del presidente de la República, Pedro Castillo Terrones, luego de que Perú Libre (PL) desconociera los compromisos del candidato con los electores que inclinaron la balanza a su favor en el balotaje, arguyendo que el mérito le pertenece a su partido.

Pero que por propia conveniencia política, Vladimir Cerrón, Guido Bellido y Guillermo Bermejo finjan no saber que Pedro Castillo ganó la presidencia gracias a que en primera vuelta aportó su propia cuota de votos provenientes del magisterio, y que los millones de votos en el balotaje pertenecen a ciudadanos que valoraron la mejora sustancial de sus propuestas de gobierno, su acercamiento a científicos y técnicos y su compromiso de conformar un gobierno de ancha base, no obliga a nadie a seguirles el juego.

Gracias a esa “visión” de Cerrón, Bellido y Bermejo, no se pudo conformar un gabinete de ancha base que estuviese integrado en su totalidad por figuras políticas, técnicos y personalidades que ofrecieran al país la garantía de gobernabilidad, a través de un proceso de cambios posibles bajo la presidencia del profesor Pedro Castillo, acompañado por los mejores cuadros políticos y técnicos de la izquierda.

Cerrón puede celebrar como una jugada política maestra haberle “confiado” al presidente Castillo que quien se lo propuso como candidato presidencial de su partido fue Bellido, con lo cual lo convirtió en merecedor de la mayor reciprocidad y logró colocarlo como titular de la PCM, bloqueando así una mejor alternativa de gobernabilidad consensuada.

Sin embargo, está bastante claro que Bellido, más allá de su tarea de “comisario político” de PL, no da la talla para desempeñar con éxito el cargo, y que la aventura política de Cerrón, de utilizar las expectativas del país para posicionarse políticamente proyectando la imagen de “el poder tras el trono” y poner en segundo plano sus cuentas con la justicia, solo ha servido para que la derecha mafiosa y golpista obtenga una recarga gratis.

En tiempo récord, por no aceptar la realidad política y por no escuchar a sus aliados de izquierda ni a miembros de su propia bancada como Betssy Chávez y Alex Paredes, entre otros, Guido Bellido estropeó la posibilidad de una mesa directiva consensuada y consiguió a pulso el primer revés político en el Congreso de la República.

Luego, se produjo otro resultado negativo en la asignación de la presidencia de comisiones parlamentarias. Y, mientras Bellido atendía una entrevista radial para responder a los cuestionamientos contra él, colocó en el disparadero al propio presidente Castillo cuando este se sintió obligado a ir al Congreso de la República para reclamar que se diera marcha atrás en el reparto de comisiones, ante una displicente presidenta de ese poder.

¿Por qué nadie le advirtió o convenció al presidente Pedro Castillo sobre el peso de los procedimientos para interactuar entre poderes del Estado, sobre las prerrogativas y hermenéutica parlamentarias y su relación con la forma como se cabildea políticamente para obtener la presidencia de las comisiones deseadas, entre otros aspectos?

¿Alguien le hizo creer que así estaba “inaugurando” una “nueva forma” de hacer política?

Y por si todo eso fuera poco, en un acto típico de deslealtad, Cerrón acaba de plantear un cargo político contra el presidente Castillo, ante la designación de Óscar Maúrtua en la Cancillería, al “rechazar” públicamente “cualquier política injerencista o servil”, pidiéndole al presidente “que cumpla con su palabra (de retirar a Perú del Grupo de Lima)”.

¿Cerrón no escuchó decir al excanciller Béjar -a quien él mismo afirma haber propuesto-, que no hay que pedirle al presidente Castillo más de lo que puede dar; concepto que contradictoriamente él propio Héctor tampoco consideró al asumir el cargo? ¿No ha escuchado a Béjar decir que fue Bellido quien le pidió la renuncia sin explicación alguna?

¿Tampoco escuchó decir a Bellido, tras la renuncia de Béjar: “Nosotros necesitamos de un canciller dialogante que permita que nuestro país siga manteniendo las relaciones de amistad y cooperación con otros países a nivel internacional”?

¿Por qué no advirtieron al presidente Castillo, que el pronunciamiento de la Marina de Guerra contra Héctor Béjar fue un acto inconstitucional toda vez que las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional no son deliberantes y, siendo él su jefe supremo, la queja nunca debió haberse producido de manera pública, más si estaba fundada en falsedades?

¿Bellido capituló creyendo que esa es la forma de mantenerse al frente de la PCM?

¿Tampoco sabe Cerrón que el excanciller Manuel Rodríguez Cuadros no aceptó el cargo?

¿Advierten o no que los golpistas no quieren al ministro del Interior, Juan Manuel Carrasco -a quien le están inventando faltas- porque es un profesional ducho en investigar a criminales peligrosos y es un riesgo que descubra información sobre lo que realmente ocurrió en la masacre del VRAEM?

Considerando que el riesgo de su reacción oportunista siempre estuvo dentro del cálculo de probabilidades para muchos de los votantes dispuestos a poner un cerrojo definitivo contra la mafiosa Sra. K., Cerrón, Bellido y Bermejo, deberían reconocer sus errores; no basta con que se limiten a gritar “¡Cuidado con los golpistas!” y creer que el pueblo se hará cargo de sus pasivos políticos defendiendo lo indefendible.

Y la izquierda que mira el futuro del país en serio no debe prestarse a “normalizar” en su esfera las malas conductas políticas y morales que denuncia y condena en los políticos de derecha. Frente a los yerros políticos de Cerrón y la pretensión de esconderlos en un discurso radical, ningún cargo público ni expectativa laboral vale más que la responsabilidad del deslinde político oportuno.

El presidente Castillo ha ganado el derecho a gobernar responsablemente e iniciar un proceso de reformas que permitan que el crecimiento económico se traduzca también en desarrollo del país: mejor salud, mejor educación, mejor alimentación y más trabajo para todos: de norte a sur y desde la costa hasta la Amazonía.

Y todo eso pasa también por no desaprovechar ahora el alza de precios de los commodities, sin permitir que algunos astutos inversionistas se lleven fácilmente “la parte del león”, solo porque en las transacciones no hay quien defienda lealmente los intereses de todo el Perú.

Sabemos, por último, que un cambio a fondo pasa por modificar nuestra estructura económica basada en el modelo primario exportador. Pero, hay que despertar: salvo que exista un amplísimo consenso político en el seno de la sociedad, en democracia no se pueden hacer revoluciones. Ahora, solo se puede aspirar a hacer reformas, y 5 años de gobierno apenas si alcanzarían para hacer una lucha frontal contra la corrupción, en la que Cerrón no puede ser juez y parte.

Las libertades de prensa, expresión y pensamiento

En materia de prensa, comunicación y difusión, hay muchos temas y oportunidades que un gobierno más ordenado puede aprovechar difundiendo información a la ciudadanía desde la presidencia de la República y desde los ministerios cuyos titulares saben hacia dónde se va específicamente. Pero, por todo lo expuesto, se está perdiendo un tiempo valioso.

Un presidente que está comprometido a gobernar con transparencia, debe hacerlo así y eso basta para que el temor a la prensa desaparezca.

Es cierto que la concentración y el monopolio de la prensa contribuyen también a normalizar una cierta dictadura mediática, que eleva a la categoría de verdades indiscutibles una serie de paparruchadas que no tienen otro propósito que confundir al auditorio para defender el statu quo.

Más aún, sus propietarios a la vez que se reclaman demócratas y exigen respeto a las libertades de prensa y expresión, niegan en los hechos la libertad de pensamiento a los demás. Obviamente, los monopolios están prohibidos por la Constitución.

Sin embargo, hacer a un costado a la prensa es un error político porque no diferencia una serie de factores concernientes al ejercicio de esas libertades, incumple con el obligado respeto a los periodistas que desarrollan cabalmente su misión e ignora que existen caminos legales para enfrentar a quienes violan sus propios códigos de ética.

Dicho todo esto y frente a la ola de rumores sobre las decisiones que tomará el presidente de la República y lo que ocurrirá el jueves 26, en el Congreso, con la cuestión de confianza al gabinete ministerial, las opciones de salida exitosa del presidente Castillo se reducen a una sola: volver a la sensatez política y recuperar el consenso que ya había logrado antes de que los madamases de PL decidieran patear el tablero.

 

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