Corrupción en tiempo de crisis

En plena crisis del coronavirus comenzaron a aparecer las primeras denuncias de corrupción y malos manejos del dinero público que, por ahora, no llegan a los primero titulares mediáticos. La atención de la opinión pública está más centrada en la cuarentena, el peligroso crecimiento de la pandemia y la amenazante recesión económica.

Primero, la Contraloría denunció la compra sobrevalorada de mascarillas por parte del Ministerio de Salud; luego se denunció la adquisición irregular de respiradores artificiales para el nuevo hospital de Ate, a la que la directora se opuso y tuvo que renunciar forzada por las presiones internas; y después apareció la sospechosa compra de ranchos fríos para el personal de la Policía Nacional del Perú a una empresa de neumáticos y, por si fuera poco, a precios superiores al promedio del mercado.

Las investigaciones para individualizar las responsabilidades aún están en curso. Pero estos casos constituyen otra evidencia más de la alarmante y endémica crisis moral de la sociedad peruana. ¿Qué puede empujar a los funcionarios públicos a coludirse y aprovecharse de la crisis para llenarse los bolsillos, olvidándose de la gravedad de la situación?

Ocurrió algo similar hace pocos años atrás con la reconstrucción del norte del país durante el breve gobierno de Kuczynski, reconstrucción que, dicho sea de paso, aún no concluye, precisamente, por la corrupción, la enmarañada burocracia y la incompetencia de los funcionarios públicos. La “reconstrucción con cambio”, solo fue un canto de sirena. Cambio solo hubo en la billetera de algunos avivatos.

Sucedió, también, durante el gobierno aprista luego del terremoto del sur que destruyó Pisco y otras localidades aledañas. Las denuncias por corrupción menudearon y la mayoría fue refundida en los sótanos de algún edificio del sistema judicial. Lo cierto es que muy pocos pagaron sus culpas.

El archivo histórico sobre la corrupción en tiempos de desastre es inmenso. Casi todos los gobiernos republicanos tienen su perla. Como es obvio, en la lista de tiempos recientes figura el gobierno fujimorista durante la epidemia del cólera de 1991, el segundo gobierno de Fernando Belaunde luego del Fenómeno del Niño de 1983 y el gobierno militar con ocasión de la reconstrucción de Huaraz tras el terremoto de 1970.

La ola de latrocinios en el país no ha podido ser frenada nunca. El libro Historia de la corrupción en el Perú de Alfonso Quiroz es más que revelador. Ningún gobierno ha podido inmunizarse de este mal para el que no existe vacuna o cura conocida. Tal vez, por esa razón, la salud moral de la sociedad peruana está siempre en cuidados intensivos.

La anunciada lucha anticorrupción del presidente Vizcarra no ha pasado de ser un saludo a la bandera y un lema político que no significa nada en términos concretos. Será por eso que el propio ministro de Salud ya ha salido a justificar el pago de 4 millones de soles adicionales por la compra de mascarillas denunciadas por la Contraloría y el mandatario ha guardado silencio. ¿Cuántas irregularidades más aparecerán durante la emergencia? El tiempo lo dirá.

Si desfalcar al país en tiempos de bonanza es, por sí, un acto condenable, robarle en tiempo de desastre, en tiempos donde millones sufren, es una canallada, una bajeza de la peor estofa que debería ser sancionada con la máxima dureza.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD