Cien días de cuarentena: sálvese quien pueda

Han pasado cien días de cuarentena y el país está peor que al comienzo.  El virus sigue recorriendo las calles, la gente continúa muriéndose, la economía está destruida y el gobierno no tiene el más mínimo atisbo de emendar el rumbo en la lucha contra el COVID-19.

El Perú está sexto en la lista de países con más contagio en el mundo, segundo en Sudamérica con la mayor cantidad de muertos; dos millones de personas perdieron sus empleos solo en Lima y habrá una caída promedio del 15% del PBI, el más pronunciado de la región. Todo un récord del desastre.

Pese a este panorama, los más altos funcionarios del gobierno siguen atornillados en sus sillas como si nada pasara. Ni siquiera los más demoledores artículos de los principales diarios del mundo como el New York Times, Washington Post, The Guardian, El País o El Clarín, hacen cambiar de rumbo. Persisten en hablar de “mesetas” inexistentes con explicaciones rocambolescas que más parecen burlas hacia la población.

El gobierno de Martín Vizcarra empezó con auspicios la lucha contra la pandemia. Algunas razones existían para ser optimistas en base al temprano confinamiento social. Sin embargo, conforme fueron pasando los días, el ídolo con pies de barro que un sector de la ciudanía había construido sobre la base de las encuestas manoseadas, fue desmoronándose.

La actuación gubernamental en estos cien días de cuarentena, que le cambiaron la vida a miles de personas, es lamentable. Lentitud, ausencia de previsión, ineptitud, ineficiencia y un largo etcétera, mezclados con escandalosos casos de corrupción.

El gobierno de Vizcarra no pudo frenar la pandemia porque es mediocre. Y tiene como base a una burocracia dorada absolutamente insustancial. Sin duda, la pandemia ha dejado al descubierto algo muy importante: el sector “progre” que maneja gran parte del aparato estatal y está empeñado solo en imponer una agenda ideologizada, mostró toda sus falencias y su incapacidad en el acompañamiento de la lucha contra la pandemia. Puro bluf, mucha pizarra y falta de calle.

La terquedad y parsimonia gubernamental es de campeonato. Basta mencionar algunos casos: los expertos recomendaron no usar las pruebas rápidas en la detección temprana de casos, pero lo siguen haciendo hasta ahora. Los medios de comunicación enfocaron el alto número de contagios en los mercados de Lima y las autoridades demoraron hasta tres semanas en llegar a esas zonas.

Los medios, tanto televisivos, radiales y digitales, denunciaron cobros abusivos de las clínicas particulares en el trato a los pacientes COVID y hubo reacción tardía para frenar este atentado contra la vida. La gente denunció especulación con las medicinas y apelaron a la excusa del libre mercado para no intervenir. La Defensoría del Pueblo avisó que se avecinaba la escasez de oxígenos medicinal y poco o nada hicieron hasta ahora.

La gente ahora ha salido a las calles. Es un claro, sálvese quien pueda. El futuro es incierto y a estas alturas nadie sabe cuándo la pandemia tendrá, por lo menos, un freno. Las familias seguirán llorando a sus muertos mientras los hospitales colapsan, aunque en las redes sociales los “influencer” tendrán como tendencia la #negrita, #Doña Pepa o #Maradona, como si la vida humana fuera cualquier cosa y el coronavirus cosa del pasado.

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