Al ladrón, al ladrón

Erró, sin duda, el presidente del Congreso de la República, Manuel Merino de Lama, al llamar telefónicamente a los mandos militares. Para hacer cumplir la Constitución no debe avisarle a nadie, es su obligación. Por tanto, fue políticamente incorrecto, le faltó cancha, calle y esquina, como casi a todo este Parlamento bastante plomizo. Sin embargo, llamar sedición a su patinada es, simplemente, desproporcionado o malintencionado.

Quienes llamaron a los cuarteles, por el contrario, son los sectores provizcarristas. El presidente del Consejo de Ministros posó para las fotos con los comandantes generales de las tres instituciones castrenses. ¿Qué quisieron decir con eso? Es obvio que se trata de un mensaje gráfico categórico para demostrar que detrás del mandatario y el gabinete ministerial están los tanques, los aviones y los buques de guerra. Entonces, ¿quién toca los cuarteles?

La estrategia de “Al ladrón, al ladrón”, es antigua. Quienes ven en la eventual vacancia presidencial la pérdida de posiciones de privilegio apelarán a esta y otras artimañas para mantener a Martín Vizcarra en el cargo. La teta del estado es tan suculenta como para perderlo con facilidad. En realidad, este es el tema de fondo: la lucha por el control del poder que ya está casi 20 años en manos de la progresía.

La maniobra palaciega empezó con una nota de IDL Reportero, muy temprano por la mañana. Gustavo Gorriti, que desde hace buen tiempo se ha convertido en un virtual operador político, lanzó un detallado informe -como si hubiese estado al costado de los protagonistas- sobre las llamadas telefónica con timbrada y todo, y calentó el ambiente político.

Luego vino la conferencia de prensa del presidente del Consejo de Ministros, la foto disuasiva y, después, los siempre muy diligentes y “aceitados” influencer que inundaron las redes sociales con la historia de la conspiración y otras especies. Todo bien pensadito.

Circula el rumor que existen 36 audios aún inéditos de las cuitas palaciegas, grabaciones que solo tendrían que ver con aspectos personales, amoríos de provincias y enjuagues, lo cual, como es obvio, no proporcionaría argumentos legales suficientes para la vacancia presidencial, pero desdibujaría la imagen del mandatario. Si esto fuera así, el camino para salvar el obstáculo no es la confrontación. Otra vez los estrategas palaciegos, tan acostumbrados a la pechada, se equivocan.

Salvando las diferencias y circunstancias, un mea culpa a lo Bill Clinton dejaría mejor parado a Vizcarra. Y los partidarios de la vacancia quedarían con los crespos hechos. Pedir disculpas es, muchas veces, mejor que hacerse el valiente parapetándose detrás de los cañones. Los errores personales deben ser enfrentados con hombría y entereza, sin usar a las instituciones tutelares de la Patria.

Es cierto que el presidente de la República es el jefe supremo de las fuerzas armadas cuyos miembros le deben sujeción. Pero también es verdad que las instituciones castrenses no son deliberantes y deben estar al margen de la política. Entonces, ¿qué hacían los altos mandos militares en una conferencia cuyo único tema fue la vacancia presidencial? Tema para la reflexión de los hombres de uniforme.

La censura presidencial, señores, es un tema absolutamente político que tiene que ser dirimido con acuerdo a los causes constitucionales en un debate en el Congreso de la República. El presidente de la República tendrá derecho a defensa. Con excesos o sin ellos, con críticas o sin ellas, ese es el juego político y constitucional.

Las Fuerzas Armadas no deben ser utilizadas para atemorizar o soliviantar, ni menos para ocultar cuestiones personales cualquiera fuera su naturaleza. Eso debe quedar bien claro, sobre todo cuando se toma en cuenta lo que ocurrió en tiempos del fujimorismo. ¿O ya se olvidaron?

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