Abr 26, 2020

“Nadie se salva solo”

Temas para una agenda nacional post coronavirus. Debemos repensar el rol del Estado y la administración pública.

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Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, acaba de colocar, nuevamente, un desafío cristiano, pero muy político, al mismo tiempo, cuando afirma en su “Plan para resucitar la humanidad” de que “nadie se salva solo”. Allí dice que lo humano deberá ser el sentido principal de la resurrección o la recuperación sanitaria, política, social y económica luego de la pandemia en el mundo.

El Papa Francisco, afirma en su documento: “No podemos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos…Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común”.

¿Qué necesitamos hacer en el Perú?, ¿Se tratará sólo de volver a reactivar los cuatro motores de nuestra economía consumo privado, el gasto público (consumo público más inversión pública), la inversión privada y las exportaciones?, ¿Apostaremos por establecer el mismo sentido de progreso, de sólo crecer económicamente y que chorree hacia abajo?, ¿No hay necesidad de cambios estructurales donde la persona sea el centro como señala la Constitución Política?, ¿la regulación de los servicios públicos en manos de privados o en manos del Estado, será una realidad? Se cae de maduro el fortalecimiento del sistema de salud y otros sistemas públicos, pero ¿es sólo más presupuesto?

Hay más preguntas. En el exterior y dentro del país aparecen reflexiones sobre repensar el rol del Estado y la administración pública. Pero, no se trata de obrar cuál péndulo de reloj que en los 80 del siglo pasado apostamos por la prevalencia de lo público sobre el mercado y la oferta y la demanda, que con las administraciones sucesivas acabamos con hiperinflación, un Estado destruido por el mal manejo económico y la presencia del terrorismo. Luego, en los 90, como lo estatal anterior era el signo de todos nuestros males, apostamos por el Estado reducido y que el mercado (ese asignador eficiente de recursos) se encargue de proveer los servicios públicos no sólo en salud, también en educación y hasta en telecomunicaciones.

Fue el tiempo donde la política, la actividad que debe ver por la resolución de los problemas públicos, es decir de todos o de la mayoría del país, se separó de la economía y así andamos hasta el día de hoy en qué llegó el coronavirus a nuestras vidas y lo social, de manera descarnada aparece como una revelación, pero siempre estuvo allí y no fue una prioridad.

Es cierto que la preeminencia de la economía sobre la política permitió acumular miles de millones de soles que hoy permiten dar en cuotas prolongadas bonos que permiten palear el hambre de la cuarentena, pero también reveló que la esfera pública y el servicio público, aquel al que apelan los más pobres para intentar mejorar su vida de manera integral, simplemente está desbordada. Y se hacen grandes afirmaciones que son lugares comunes: “Esta epidemia ha desnudado la escasa capacidad de gestión que tiene nuestro Estado".

Hace 18 años, el Estado peruano se descentralizó para intentar ser más eficiente y tener un mejor servicio público con autoridades políticas más cercanas a las poblaciones. En paralelo el gobierno central también se desconcentró territorialmente con organismo públicos en el país, porque los gobiernos subnacionales no cumplían con los objetivos nacionales. Ni los desconcentrados ni los descentralizados parecen ahora siquiera responder a un tema básico: tener información social sobre las poblaciones de pobreza y extrema pobreza a donde dirigir todo tipo de ayuda.

Como señaló hace poco el reconocido sociólogo Manuel Castells: “Ahora se pone en evidencia, más allá del sistema sanitario, la necesaria prioridad de lo público en la organización de la economía y la sociedad. Que no es estatización, porque cada fórmula de defensa del interés público debe adaptarse a las características de cada sociedad”.