Mar 25, 2019

Los campamentos de esclavos de Sendero Luminoso

Más de tres centenares de personas, entre nativos y colonos, niños, mujeres y ancianos, permanecen esclavizadas por Sendero Luminoso en las profundidades de la selva del VRAEM, según el testimonio de un grupo de cautivos que lograron escapar de las garras del grupo maoísta.

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Los campamentos de esclavos de Sendero Luminoso

Dionisia es una campesina que estuvo esclavizada por Sendero Luminoso durante 22 años junto con sus cinco hijos, cumplió trabajos forzados, pasó hambre, sufrió enfermedades y fue testigos de excepción del asesinato de decenas de personas, cautivas como ella en la selva del VRAEM.

Durante todo ese tiempo sobrevivió en diferentes campos de concentración que lo senderistas llaman eufemísticamente como campamento, conformados por casuchas o carpas precarias, donde apenas pueden guarecerse de las lluvias torrenciales.

Ella fue secuestrada el Día de la Madre de 1990 en Cutivireni, un poblado de Satipo, habitado en su mayoría por colonos provenientes de la sierra de Ayacucho. Sendero Luminoso llevó, bajo amenazas, a todas las familias de esa localidad y los internó en el bosque por más de dos décadas.

Los asesinatos y abusos que presenció Dionisia a lo largo de más de dos décadas de cautiverio son indescriptibles. Su espeluznante testimonio estremece a cualquier ser humano.

“He visto morir a muchas personas, no sé cuántos… más de cien, tal vez doscientos”, dice ahora, ya en libertad porque fue liberada el año 2012 en una operación de las fuerzas combinadas de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas.

En varias ocasiones logró escapar de la muerte, pero presenció el asesinato de sus compañeros de cautiverio cuyos restos quedaron desperdigados entre la espesura de la selva.

Durante los 22 años de esclavitud, trabajó de sol a sol en las chacras destinadas a la alimentación de la cúpula senderista, formó parte de la servidumbre y cuidó niños arrebatados del seno de sus madres.

La hija y la nuera de Dionisia, una nieta, varios de sus conocidos, y más de tres centenares de personas, permanecen secuestradas por Sendero en las profundidades de la selva del VRAEM hasta estos días.

Desde la década de los 80 y hasta estos días, los senderistas asesinaron a decenas niños, mujeres y ancianos golpeándolos sin razón aparente. Los mataban a machetazos y palazos o los ahorcaban con sogas y dejaban los cadáveres amontonados entre las malezas, según la narración de esta sobreviviente de 64 años.

Estos casos nunca han sido judicializados porque permanecieron ocultos por décadas. De acuerdo a los testigos, hay innumerables lugares escondidos entre la vegetación donde pueden encontrarse los restos de cientos de víctimas de las masacres senderistas a lo largo de más de dos décadas.

Pancho es otro testigo de las masacres de Sendero desde los años 90 y vio, incluso, algunos casos de antropofagia para utilizar la grasa humana como lubricante de las armas senderistas.

“Los senderistas mataron a machetazos a una mujer que estaba enferma. Luego usaron su grasa para mantenimiento de las armas y cocinaron parte de ella para que comieran los que quieran probar”, relata este hombre que permaneció esclavizado por más de quince años.

Desde los años 80, Sendero Luminoso arrastró a la fuerza a pueblos completos de colonos y comunidades nativas de la etnia asháninka hacia la selva inhóspita donde establecieron crueles campos de concentración.

Allí, cientos de personas vivieron cautivos por años, soportando hambre, torturas y violaciones sexuales como ocurrió en la Camboya, durante la tiranía de Pol Pot.

Muchas mujeres jóvenes fueron embarazadas a la fuerza por los jefes de Sendero Luminoso para alumbrar niños que, con los años, conforman los destacamentos armados. Estos pequeños, hasta estos días, son entrenados militarmente para atacar convoyes militares y matar sin miramientos.

Este testimonio y otros similares forman parte del libro “El Valle de la muerte, las masacres ocultas de Sendero Luminoso”, que saldrá a circulación el próximo mes de abril y relata la manera en que Sendero asesinó a niños, mujeres y ancianos enfermos a causa de la desnutrición y aniquilaron a los familiares de quienes lograron escapar de los infernales campamentos.

Varios grupos de cautivos lograron escapar en los últimos años, otros fueron rescatados por las fuerzas del orden, pero cerca de trescientas personas, entre nativos asháninkas y colonos permanecen esclavizados en el monte.

Los autores del libro son los periodistas José Arrieta Matos y Víctor Tipe Sánchez quienes recogieron los testimonios de los excautivos en el propio lugar de los hechos, en los pueblitos selvático donde esta gente sigue su vida en medio de la pobreza extrema y en los asentamientos humanos de Lima donde se han refugiado.

< Texto completo en la edición impresa >

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