Ene 25, 2019

Uchuraccay, el hombre a quien nadie le cree

El testimonio de Dionisio Morales es clave para entender el caso Uchuraccay. Una fuente ineludible para una investigación seria. Él fue presidente de la comunidad y pasó más de una década en la cárcel, acusado de ser unos de los autores de la masacre de los periodistas el 26 enero de 1983.

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Uchuraccay, el hombre a quien nadie le cree

Dionisio Morales tiene 101 años y, sentado sobre una silla de ruedas, todavía conserva la lucidez suficiente para recordar los trágicos días en que, sin saberlo ni quererlo, se convirtió en el protagonista de una historia de sangre que lo llevó a ocupar las primeras planas de los diarios peruanos por varios meses.

“Mientras viva, nunca olvidaré lo que pasó en Uchuraccay”, dice en su quechua nativo este hombre menudo que vive en extrema pobreza, en una humilde casa de un asentamiento humano cercano a Huanta.

Ahora oye con dificultad y la vista le falla, pero tiene un cerebro admirable para recordar su vida entera. No pone mayores trabas en contar con locuacidad la historia que lo llevó a la cárcel por más de una década.

Es uno de los tres campesinos sentenciados a la cárcel por la masacre de ocho periodistas y un guía en Uchuraccay. Se trata, si duda, de un testigo de excepción de aquel sucesos del 26 de enero de 1983, es decir de hace 36 años. En esos días era, precisamente, presidente de esta comunidad perdida e ignorada entre los Andes ayacuchanos, en las alturas remotas de Huanta.

Con él fueron sentenciados otros dos hombres: Simeón Auccatoma Quispe, quien murió tuberculoso en la cárcel y Mariano Concepción Ccsani Gonzales que, según algunas versiones, vive aún en el Vraem, pero con nombre cambiado. En realidad, los inculpados fueron 17, pero la Policía solo pudo capturar a tres en aquella época de convulsión y violencia implantada por Sendero Luminoso.

Dionisio Morales tiene su versión, pero nadie lo toma en cuenta. No lo escuchó Juan Flores Rojas, el juez instructor que ordenó su detención cuando convalecía de una grave caída desde un caballo al galope. Tampoco lo atendió Hermenegildo Ventura Huaylla que vio el caso en Ayacucho en medio de los flashes mediáticos, ni tampoco los tres integrantes del tribunal que dictó la sentencia final en Lima condenándolo a la cárcel.

Dionisio Morales es quechuahablante; mastica ahora un español incipiente, casi incomprensible, pero en la época del sonado juicio no entendía ni una sola palabra. Y así se defendió en el juicio tratando de hacer conocer su verdad en el idioma de sus antepasados.

Este campesino sostuvo en ese entonces y asegura ahora que los ocho periodistas y el guía fueron asesinados por la propia comunidad de Uchuraccay, encabezada por sus autoridades alcoholizadas y temerosas de la represalia de Sendero Luminoso que había sido rechazado, una y otra vez, por los pueblos de esta zona.

Vio que, tres días antes de la llegada de los periodistas, los propios uchuraccinos masacraron a cinco senderistas y los enterraron, como sucedió en Huaychao. Y es que el 1 de enero de ese año. mediante un acuerdo comunal alentado por las fuerzas armadas, todas las comunidades altoandinas de Huanta habían decidido enfrentar a Sendero que venía asesinando a los nativos que se oponían a sus planes de implantar la lucha armada..

Morales dice que no presenció la matanza de los periodistas propiamente dicha porque vivía a una hora del lugar, pero apenas se enteró de los sucesos llegó hasta la zona trágica. No encontró los cadáveres de los periodistas que ya habían sido enterrados con rapidez, pero pudo ver aún el cuerpo del guía. 

Enfrentó, entonces, a las autoridades comunales que pretendían ocultar el crimen y tuvo un durísimo altercado con el teniente gobernador y los varayoc, según su versión.

Esta historia fue contada el año 2014 con lujo de detalles a los autores del libro Uchuraccay, el pueblo que mataba a los que llegaban a pie, que lo consignaron junto con las versiones de otros testigos presenciales de la masacre.

Dionisio Morales cuenta su verdad cada vez que puede. Ahora 36 años después, sigue relatando lo que vivió, pero aun no le creen. Tal vez será porque no habla bien el español y porque pertenece a ese mundo andino a quien nadie escucha aunque cuente mil verdades juntas.

Y, por supuesto, en Lima, desde sus cómodos escritorios, muchos siguen escribiendo historias sin fuente conocida y elucubrando conspiraciones retorcidas de novelas político-policiales olvidando que la primera obligación de un periodista serio es acudir a la fuente. Ese es el Perú y no cambia.

(En homenaje a los mártires del periodismo y el guía: Willy Retto, Jorge Luis Mendívil, Félix Gavilán, Octavio Infante, Pedro Sánchez, Jorge Sedano, Eduardo De la Piniella, Amador García y el guía Juan Argumedo).


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