Ago 30, 2017

Noé se quedó sin Corcuera

Arturo Corcuera, uno de los poetas más reconocidos de la Generación del 60, dejó este mundo. El más célebre poemario del autor peruano fue Noé delirante, publicado en 1963. La obra le valió el Premio Nacional de Poesía en 1963 y el Premio Casa de las Américas en el 2006.

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Noé se quedó sin Corcuera

Arturo Corcuera fue un poeta peruano que tenía 81 años, cuando le sobrevino la muerte la madrugada del lunes pasado, atacado por ese temible mal que se presenta silencioso, sin aviso, y que casi no tiene cura como es el cáncer. Tenía el pelo largo y cano cuando expiró en la sala de cuidados intensivos de un hospital. En otras épocas era dueño de una melena abundante y muy negra, sin que la calvicie siquiera osara en asomarse. Eran años de su juventud, allá por los sesenta.

La última vez que lo vi fue la noche en que mi colega periodista Elga Reátegui me invitó para comentar, en la Casa de la Literatura, su novela de reciente aparición. Ella había llegado de España, donde radica, y él venía desde Chaclacayo, donde me dijo que vivía desde hace 40 años con su familia, buscando sol.


Invitado por la escritora, Arturo se sentó a la mesa, enfundado en una chalina negra, mientras que sus manos permanecían protegidas por unos guantes, igualmente oscuros. Allí estaba, cabizbajo, como era su costumbre, el poeta de Noé delirante, su obra más representativa, con once reediciones, que fue editado por el poeta Javier Sologuren en 1963. Corcuera perteneció al grupo de poetas de la generación del sesenta, junto con Javier Heraud, César Calvo (Premio Nacional de Cultura), Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Marco Martos, Hildebrando Pérez Grande (Premio Casa de las Américas), Winston Orrillo, Juan Ojeda, Livio Gómez, Luis Hernández. Él mismo fue Premio Nacional de Poesía cuando tenía tan solo 25 años y Premio Casa de las Américas, el más codiciado, otorgado por los intelectuales de Cuba, en la plenitud de su vida.


Nunca se supo de él que andaba metido en la bohemia como otros vates de su generación. Administraba más bien su vida casi de manera silenciosa, aislada, ordenada, muy lejos del mundanal ruido que provenía de las noches desenfrenadas con olor a pisco, cerveza, chilcanos a discreción y humo en abundancia del viejo Palermo, aquel bar de la avenida Colmena, en el Centro de Lima de los setenta. Ya ni qué decir del Chinochino o La Llegada, que eran huariques de escritores y poetas más dados a la tertulia social que al soliloquio. Su misma poesía era, en realidad, un extraño mundo, cargado de metáforas que nos conducía, a sus lectores, por caminos lúdicos de un espíritu infantil.


Fue de los poetas que compartió su actividad literaria con la docencia, y asumió su oficio con el rigor de un artesano, enamorado de lo que hace. Alguna vez él escribió: “La poesía, créanme señores, no es broma: es cosa seria. No nace de la noche a la mañana como creen algunos críticos, sino de la mañana a la mañana. A mí me cuesta largas lágrimas de insomnios y fatigas. No he intentado nunca presentarme como un mago que se saca los poemas de la manga”.
 

Poeta riguroso en el fondo y la forma, estudió a los clásicos a quienes les dedicó gran parte de sus angustias. Sus más cercanos amigos lo recuerdan como un hombre sencillo y generoso, enemigo de la soberbia y menos de las fantochadas del carajo. Eso sí, comprometido con su realidad. Jamás abdicó de sus principios, lo cual resulta extraño en un país como el nuestro en el que las vidas paralelas son pan de cada día, dependiendo a quien se quiera rendir pleitesía. Sin embargo, su más alta realización personal fue cuando se declaró hincha del Alianza Lima, a cuyo equipo, le dedicó uno de sus mejores poemarios La gran jugada.


El poeta nació, por accidente, como él mismo lo contó, en el puerto de Salaverry, en Trujillo. Era 1935. Once años antes, Víctor Raúl Haya de la Torre, entonces desterrado a México por el gobierno de Leguía, había fundado el Apra, inspirado, como estaba, en la revolución mexicana y animado por una prédica antiimperialista. Corcuera vino al mundo cuando el país vivía lo que se llamó el tercer militarismo, producto de sendos golpes de Estado de Luis Sánchez Cerro y Oscar R. Benavides, temerosos de los desbordes sociales que se veían venir.

El poeta describe esa etapa de su vida, en Salaverry, señalando que no existía la carretera Panamericana y que la gente viajaba del norte a Lima en barco. No había luz eléctrica en la ciudad y en las casas y calles se alumbraban con lámparas y faroles de gas. A lo más recuerda que su diversión de niño era ir al cine, llevando su silla, como el resto de la población, para ver la película que se proyectaba rollo por rollo. Salaverry era un puerto parecido al lejano oeste, con casitas de madera, dice.

Ya no estará más el poeta con nosotros. Lo extrañarán sus amigos, harán lo propio sus alumnos. Quizás el manto del olvido termine arropándolo antes de que cante el gallo. Así es el Perú, así es mi patria, este es tu país. Sin embargo, el poeta ya subió a la eternidad y debe de estar en algún punto de ese lejano espacio celeste en el que también moran sus personajes.

Vino al mundo para ser amamantado por mujeres macizas y voluntariosas que lo cobijaron en sus regazos, debido a que su madre luchaba con una extraña infección que le impedía cuidar al hijo que la vida decidiría, más tarde, que sería poeta. “Mi llanto, al aparecer renacuajo de diminuta forma humana, / fue mi primera expresión de protesta y de hacer silbar las sílabas”, diría en sus versos. “¡Cómo voy a olvidar a la gente del pueblo que desde mi nacimiento me ofreció las esencias con las que se alimentaría más tarde mi poesía!”, exclamaría.

Como poeta sería autor de libros como Noé delirante (1963), Las sirenas y las estaciones (1976), Poesía de clase (1968), Puente de los suspiros (1982), Declaración de amor (1995), Canto y gemido de la tierra (1998), Puerto de la memoria (2001), A bordo del arca (2006) y otros.

Los poetas que le antecedieron bebieron de Whitman, Pound, Eliot, Ungaretti, Breton, Valery, Rilke, Lorca, Guillén, Cernuda, Alberti y tantos. Ellos fueron Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Washington Delgado, Gustavo Valcárcel, Sebastián Salazar Bondy, Carlos Germán Belli, Yolanda Westphalen, Cecilia Bustamante, Lola Thorne, Juan Gonzalo Rose, Alejandro Romualdo y muchos otros.

 

Escribe: Edwin Sarmiento

 
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