Ago 29, 2017

La tragedia que viven los maestros en el Perú

La carrera de Educación en el Perú, es la menos remunerada en nuestro país, pero cuál es la realidad que viven los maestros intercultural bilingües contratados que ganan salarios vergonzosos y trabajan en muy malas condiciones. Esta es el drama de cinco profesores que sobreviven en comunidades asháninkas del interior del país.

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La tragedia que viven los maestros en el Perú

Neri Pachari Pascual, Jhanina Miranda Herrera, Gaibe Flores Méndez, Jim Gaspar Paulino y Ener Espíritu Tovar están unidos por una historia en común. Son maestros interculturales bilingües contratados, tienen el mismo salario esquelético que apenas sobrepasa los mil soles mensuales, comparten las mismas penurias y los mismos sueños y, antes de la huelga magisterial, dictaban clases en paupérrimas comunidades asháninkas del Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem).

Instalado en la capital desde el 31 de julio, Neri Pascual, docente del centro poblado de Pampa Mercado de Satipo, es uno de los rostros más visibles de lo que él considera la porción menos valorada de los profesores nacionales. Una clase de profesional que, según su opinión, se ve obligada a sobrevivir entre la marginación y el menosprecio. Un trabajador que, desde su óptica, está atrapado en una cruda realidad que le impide tener una existencia digna.

Con ocho años de experiencia en el ámbito rural, conoce a profundidad lo que es ser maestro de dos idiomas en una nación con 47 lenguas nativas. “Formar parte de la educación intercultural es una labor difícil que nadie valora. Los maestros del campo somos como los magos capaces de hacer cualquier cosa por nuestros alumnos. Poco importa si estamos lejos de nuestras familias sin agua potable, sin luz y sin electricidad”, dice.

 

Esfuerzo sin recompensa

Presidenta de la Asociación de Maestros Bilingües de la Selva Central, que reúne a 217 docentes de 175 instituciones educativas, Jhanina Miranda ha pasado más de un sinsabor en su rol de profesora de la niñez asháninka. 

Con 22 años al servicio del Estado en calidad de contratada, trabaja siempre con alegría, pero sin alcanzar un final feliz en aras de su anhelo de lograr una plaza fija. Por ello, a menudo, siente que sus esfuerzos académicos no sirven de nada.

Lejos de la realidad de Lima, dicta clases en la escuela del pueblo de Pangá, situado en el distrito de Mazamari, debido a una poderosa razón: por vocación. 

“No me arrepiento de ser profesora pese a que gano un sueldo bajísimo que lo debo estirar como un chicle. Sé que cumplo una misión de gran importancia a favor de los nativos de mi departamento. Los maestros bilingües somos escasos, pero poco reconocidos”, dice.

Natural de Chanchamayo, Gaibe Méndez también debe soportar un sinfín de adversidades en su quehacer laboral. En su caso, con nueve años en la docencia, es parte de la institución educativa del centro poblado de Quimaro Pitaro Alto, ubicado cerca de la frontera entre Junín y Cusco, al que llega luego de viajar más de 30 horas. 

En ese pueblo olvidado de la ceja de selva, además de educadora, es mamá de niños que estudian sentados en troncos e incluso hace las veces de cocinera de los alimentos del Programa Qali Warma.

Egresada de la Universidad Peruana Los Andes, Méndez pasó por un incidente que puede dar cuenta de lo riesgoso que es dedicarse a la pedagogía en comunidades originarias. En su primer año en el magisterio casi se muere debido a que enfermó de paludismo. Fue en la comunidad de Alto Chichireni, ubicada en el distrito de Pangoa, donde se contagió. Se salvó de milagro”.

Escribe: Johan Pérez

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