Mayo 17, 2017

La historia de una flor legendaria

Fue una artista de multitudes. Muchas de sus melodías aún se escuchan en el Perú profundo o en los barrios populares de la gran Lima. La Flor Pucarina partió a la eternidad hace treinta años, pero dejó canciones que perdurarán en el tiempo.

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La historia de una flor legendaria

Cuando Flor Pucarina pisó tierra limeña, tuvo el leve presentimiento de haber llegado para conquistar el Perú. Era aún niña. Después sería la artista talentosa, exitosa y amada por millones de rostros cobrizos que, cerveza en mano, celebraban el amor conquistado, el amor vencido, el amor falso, el dolor de ser peruanos. 

Leonor Efigenia Chávez Rojas, o sea Flor Pucarina, tuvo que pasar penurias con llanto y todo para llegar a ser lo que fue, la “Faraona del cantar wanka”, que era como decir “la más más”, la única, la incomparable en su género musical. Si no que lo diga mi primo Humberto Sarmiento, quien sucumbió a sus encantos, en el arte y en el amor, hasta hacerla su esposa en los escenarios y fuera de ellos, en los días con sus noches intensas, que eran interminables. Hasta que les llegó el aborrecido final, porque todo amor que arde en llamas y pasión alguna vez se acaba, querido primo. Y dolió mucho, si no lo sabré yo. Después, cada uno por su camino y ella más triunfadora que nunca.

Ella nació en 1935, en un pueblito del centro del país llamado Pucará, a 20 kilómetros de Huancayo, más abajito de Sapallanga. Allí, el mismísimo Andrés Avelino Cáceres, el “Brujo de los Andes”, a quien mi padre acompañó de niño en su casa de Barranco, en el ocaso de su vida, había establecido su cuartel general hasta expulsar a los chilenos del valle del Mantaro en 1882, luego de la histórica batalla de Pucará, en la infausta guerra con Chile. Allí creció la artista, entre maizales y flor de romero. 

Rebelde desde chiquita, Leonor Efigenia, huyó una vez a la selva central para quitarse de encima las penas y los rigores de castigos maternales, en ausencia de cariño paterno. Hasta que pocos años después viajó con su madre a Lima, para afincarse en La Parada, el corazón serrano de La Victoria, en cuyas profundidades se dedicaron a vender verduras, añorando la tierra, siempre añorando.

Los domingos se trasladaba al coliseo nacional que, por las tardes, abría sus puertas a miles de provincianos en el corazón mismo del barrio El Porvenir. Los artistas de la época, Picaflor de los Andes, Jilguero del Huascarán, Pastorita Huaracina, Gavilán Negro, Jaime Guardia, el Embajador de Quiquijana, el Zorzal Andino, Margaracha, quien era una mujer que divertía con sus ocurrencias, deslumbraban a Leonor Efigenia, arrancándole suspiros del alma. Quería ser como ellos, sí señor. 

Solía cantar en la soledad de su hogar pobre de La Parada, o en otra del Callao, en cuya casa se empleó para realizar labores domésticas. Se ubicaba en la segunda fila del coliseo para escuchar, muy cerquita, a sus artistas, y aplaudir hasta rabiar de pura alegría. Hasta que la suerte tocó su corazón de artista. Los hermanos Teófilo y Alejandro Galván la descubrieron y luego de bautizarla como “Flor Pucarina” la soltaron en el escenario.

“Canta con fuerza, como tú solita sabes hacer”, le dijeron. Era la tarde del 8 de diciembre de 1958. Allí, cerró los ojos, se encomendó a los Apus del Huaytapallana, y cantó con fuerza Falsía de Emilio Alanya. El público no lo podía creer. Nunca había escuchado esa voz, ese timbre, ese registro vocal. Se levantó frenético, lleno de euforia y licor, y exigió más canciones. Nacía una estrella. De allí en adelante, fue imparable. Nadie la pudo detener, ni igualar. Brilló sola en el firmamento, hasta ahora. Y creció la leyenda.

Cuando grabó Ayrampito en la disquera Virrey, vendió esos años, poco más de un millón de copias. Toda una celebridad. Un récord que nadie había alcanzado, ni menos soñado. Los programas de radio golpeaban, los camioneros de ruta la escuchaban por donde iban, en los pueblos más lejanos, hombres y mujeres, ganados por el frenesí, la cantaban desbordados. Como también le ocurrió al periodista Carlos Becerra, actual presidente de Editora Perú, que de niño entonaba con su abuela, mientras realizaban las faenas del campo. “Estoy muy triste en la vida, malaya mi destino, ayrampito/ Cómo quisiera tomar chichita de tus flores y así podría/ beber el néctar del olvido.// Desde muy joven en la vida, amaba con el alma, ayrampito,/ tantas mentiras tanta traiciones me han perdido/ ya no quisiera amar a nadie en la vida”.

Pucarina fue una mujer de grandes pasiones. Alta, erguida, labios carnosos y pronunciados, su vestuario multicolor con bordados de arte wanka, solía ocultar esa cintura de avispa, que se extendía, proporcionalmente, sobre unas caderas solemnes, inmensas, voluptuosas. "No soy un ángel, el infierno camina conmigo, amé siempre y jamás fui amada", solía repetir. Se decía de ella que prefería usar diferente vestido en cada actuación. Llenaba escenarios, por donde se presentaba. Fue una diva. Gustaba acumular aretes, collares, objetos de oro macizo. Mi primo decía que era así, que era su diversión. 

A lo largo de su vida supo acompañarse de las mejores orquestas del centro del país. Siempre detrás de ella los saxos, clarinetes, trombones y arpas de metálicas cuerdas de las orquestas Los Alegres de Huancayo, Los Engreídos de Jauja, Los Rebeldes de Huancayo, retumbaron sin cesar y con armonía, hasta que terminó con su propia banda a la que llamó Selección Huanca.

No solo interpretó las canciones de su autoría que le nacieron del corazón, sino composiciones de autores notables de la época como Zenobio Dagha. Allí están “Tú nomás tienes la culpa”, “Déjame nomás”, “Sola, siempre sola”, “Golpes de la vida”, “Oh, licor maldito”, “Caminito de Huancayo” y paro de contar. Dejó en su haber más de 15 álbumes de larga duración. Y su arte voló de aquí para allá, más allá de nuestras fronteras.

Vivió intensamente. Así la recuerdo, cuando solía recalar en su restaurante de la avenida Aviación, algunas veces, durante las madrugadas del invierno limeño. “Hola, primo. Siéntate y hazte hombre”, me decía a modo de saludo.

Su voz de trueno retumbaba en el escenario y más todavía si se trataba de botar a la calle a algún faltoso a quien trasladaba de las solapas, mientras le repetía, cariñosamente, “cholito, qué te has creído, ¿te olvidas que estás con la Pucarina, carajo?” Y nosotros nos empujábamos, rapidito, un par de chelas de reglamento, para empezar. 

Su voz era peculiar, como su altivez. Dueña de una belleza andina, Flor Pucarina, conquistó el Perú, como intuyó al llegar, por primera vez, a La Parada, allá por los 50, época en la que un extraño invasor de terrenos, conocido por su alias de Poncho Negro, lideraba las invasiones de los cerros en Lima y que, con los años, serían los populosos distritos de El Agustino, Comas, Independencia, Carabayllo, San Juan de Lurigancho, entre otros.

Era también la época en la que el presidente Manuel Prado se paseaba en carruaje con tongo y levita, y la playa La Herradura estaba reservada solo para familias de apellido compuesto en la Lima virreinal. Sin embargo, Flor Pucarina se impuso. El Perú vivió en sus canciones, hasta que ella murió en octubre de 1987. 

Un mar humano acompañó su sepelio. Asistieron hombres y mujeres de todos los conos que lloraban y cantaban, al mismo tiempo. Eso mismo hizo la entonces ministra de Educación, Mercedes Cabanillas, quien del brazo de la cantante Berna Salas, entonó “Falsía” a todo pulmón, durante las ocho horas que duró el cortejo hasta el cementerio El Ángel, donde reposan sus restos. Así fue como, Flor Pucarina, se elevó a la inmortalidad.

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