Sep 15, 2017

Prudencia con la deuda externa

La columna de Ignacio Basombrío Zender

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El endeudamiento externo se encuentra en la agenda económica del gobierno del presidente Kuczynski. Es una opción para financiar el desarrollo y lograr la reactivación de la economía peruana, debilitada por los errores en la conducción realizada por el humalato. Pero, cabe preguntarse, ¿cuáles son los riesgos y los aportes efectivos de la deuda?

En primer lugar, una necesaria reflexión histórica. En la década de los años 80, el Perú, al igual que la mayor parte de los países de América Latina, se encontró frente a la tremenda crisis de la deuda externa (eterna según afirmó por entonces Fidel Castro).

Los bancos acreedores ajustaron las clavijas, sin importar el costo social, luego de haber realizado operaciones con altos intereses y sin medir las consecuencias en términos de la real capacidad de pago de los países deudores.

Por entonces se estructuró el denominado Consenso de Washington, que fue, luego, la columna vertebral del cambio del modelo económico, también realizado por la mayor parte de las naciones latinoamericanas.

La fuerza de los organismos financieros multilaterales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo) se dejó sentir con los mecanismos de la condicionalidad cruzada. Es decir, esas tres entidades establecían los mismos requisitos para el otorgamiento y desembolso de los créditos. La autonomía nacional fue restringida en términos de las políticas económicas.

La crisis de la deuda golpeó fuertemente a los gobiernos de los presidentes Belaunde y García. Los bancos acreedores restringieron o cancelaron las líneas de crédito, al tiempo que exigían el pago de las obligaciones pendientes.

Es cierto que los países no quiebran, pero sus pueblos pueden debilitarse y empobrecerse en medio de las prácticas del denominado capitalismo salvaje.

La reinserción financiera, logro importante de la administración del presidente Fujimori, tuvo efectos positivos a mediano plazo, pero con un costo social muy elevado. El ajuste para pagar la deuda fue tremendo, pero necesario para recuperar espacio en las finanzas internacionales.

Con la dura experiencia de la crisis de la deuda, a partir de la década de los 90, el manejo económico del país ha sido prudente y conservador en materia de endeudamiento externo. Por tal razón, el peso de la carga financiera fue manejable.

Para las nuevas generaciones de administradores públicos, el tema de la deuda externa prácticamente no ha estado en la agenda, por ser un asunto de menor envergadura dentro de la estructura del gasto público y de la balanza de pagos.

Se puede considerar que, con funcionarios especializados en finanzas internacionales, la tentación de salir al mercado de capitales podría ser elevada. Al final de cuentas, manteniendo criterios teóricos sobre los niveles de endeudamiento, el Perú parece tener un margen para aumentar sus obligaciones y contraer nuevos préstamos.

Pero, reitero la pregunta: ¿es conveniente y necesario aumentar la deuda externa? Formado en etapas de austeridad, y con la experiencia vivida de crisis y ajustes, confieso que la deuda externa me preocupa y me inquieta, aun cuando los ratios puedan ser razonables. Soy, por tanto, opuesto por principio a repetir el proceso histórico de endeudar al país para luego ajustar a sus ciudadanos para pagar obligaciones. Me parece, por ejemplo, que el elefante blanco de la Refinería de Talara, negocio de empresas españolas, no justifica que las futuras generaciones deban pagarlo. Tampoco el carísimo Metro de Lima o el absurdo gasoducto. Los Panamericanos constituyen un lujo que el país no puede permitirse, pero más ha pesado el falso concepto del prestigio nacional que el realismo económico. Todos esos proyectos tienen (o tendrán) financiamiento externo. Es decir, deuda pública, que deberemos pagar los peruanos con el aporte de los impuestos.

Reconozco que es competencia del Poder Ejecutivo establecer la política de endeudamiento. El Congreso tiene la posibilidad de marcar un poco mejor la cancha, cuando discuta al presupuesto público para el año 2018, o ceder a la tentación de la deuda y apoyar la propuesta que se origine en el Ministerio de Economía y Finanzas. No se puede anticipar cuál será la posición al respecto de la mayoría parlamentaria.

Generalmente la deuda se incrementa de manera silenciosa. Los detalles de las operaciones, por su complejidad técnica, no son plenamente comprendidos. No son materia de debate nacional, con el argumento que las finanzas no deben politizarse. En teoría lo anterior se puede comprender, pero cuando el pago del capital y de los intereses de la deuda externa no constituye un ejercicio financiero, sino una hipoteca de todos los peruanos, el tema merece una mayor atención y difusión.