Ago 06, 2017

La confusión de nuestro tiempo

La Columna de Ignacio Basombrío

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El desconcierto existente en lo político es parte de lo que Umberto Eco ha subrayado en su último libro De la estupidez a la locura. ¿Es posible enmendar las cosas? ¿Existe margen de maniobra para superar aquella falacia del fin de la historia y alterar los parámetros vigentes para restablecer equilibrios perdidos?

La falta de ciudadanía conduce, de manera casi inevitable, a entendimientos carentes de espíritu, despojados de alma, subordinados a los inmediatos ‒y muchas veces pequeños‒ intereses de grupos de poder o de proyectos políticos sin mayor proyección.

En la actual etapa de la historia no se piensa en grande, no se proyectan las grandes tendencias para construir sociedades solidarias, más justas y democráticas. Obviamente, no es pensar en grande concebir megaproyectos, que son territorio fértil para la corrupción en lo inmediato y para elefantes blancos a mediano y largo plazo. 

Pensó en grande, sin duda, Haya de la Torre, cuando planteó la integración indoamericana. Mariátegui, también lo hizo, cuando identificó, en los Siete ensayos, los grandes y complejos problemas estructurales del Perú, dentro de lo que hoy denominamos una visión integrada. Tuvo grandeza Fernando Belaunde Terry con su concepción integradora a partir de la construcción de la infraestructura, del camino civilizador.

Esas visiones de conjunto, con aportes intelectuales que han perdurado, no se repiten ahora, cuando las ideas estructuradas son desbordadas y atropelladas por un pragmatismo, en el cual el fin justifica los medios. La crisis no es solo peruana ni latinoamericana. Es casi mundial. De otro modo no se explicaría que un personaje como Trump pueda gobernar la primera potencia del mundo, y construya su visión internacional y local con mensajes de Twitter. Es decir, con telegramas que sustituyen a los libros.

Todo parece haber perdido sentido, a pesar de que algunos sostienen, con optimismo digno de mejor causa, que estamos en una etapa superior de desarrollo. No parecen pensar, de tal manera, los ciudadanos, según lo acreditan las encuestas. Es cierto que tales mecanismos de interpretación de las tendencias sociales son discutidos, pueden ser probabilísticos y tener conclusiones cuantitativas no siempre exactas. Sin embargo, lo que no puede descartarse es que las mayorías cuestionan la validez de las instituciones, no respetan a los figurones, desconfían de la honestidad de los protagonistas políticos y del sistema en su conjunto.

Los ciudadanos no se sienten representados en el proceso político, y tienen toda la razón. En el caso peruano, por ejemplo, los congresistas representan a las diferentes circunscripciones, incluyendo a Lima. No obstante, me pregunto si algunos de los representantes de la ciudad que habito, y que es la capital del Perú, elaboran proyectos de ley, se interesan en los problemas de los ciudadanos o proponen fórmulas para resolverlos. No recuerdo haber visto a los representantes parlamentarios por Lima ‒quienes patológicamente ocupan de manera cotidiana los medios concentrados de comunicación‒ visitar los escenarios de tragedias recientes, como Las Malvinas.  Solo a título comparativo, Isabel II, la monarca británica, a sus 90 años de edad, llevó una palabra y una presencia cuando Londres fue testigo de un pavoroso incendio, que costó muchas vidas.  

El déficit de ciudadanía no es únicamente nacional. Ha afectado, por ejemplo, los procesos integradores regionales en los cuales el Perú participa. En efecto, una de las limitaciones del proceso latinoamericano de integración ha sido la carencia del principio de la ciudadanía. No se ha logrado, luego de casi seis décadas de iniciado el pionero esfuerzo de la ALALC, y del medio siglo del Grupo Andino, nada que se asemeje a una pertenencia a una región. Se han mantenido los nacionalismos, con los estrechos límites de fronteras artificialmente construidas en algunos casos, o logradas mediante conflictos bélicos y despojos territoriales.

Europa, al construir su integración, luego de la Segunda Guerra Mundial, intentó vencer a los nacionalismos causantes de enfrentamientos y de millones de muertos, pero no pudo vencer en términos absolutos. Francia ‒de haber ganado las elecciones el fascista Frente Nacional‒ habría cuestionado severamente a la integración. Los británicos, atontados por la demagogia fácil, votaron por el aislamiento y por abandonar la integración. Luego se han arrepentido, cuando han constatado que perderán derechos como ciudadanos que fueron europeos, pero ya es tarde.

Cabe recordar que, cuando se derrumbó el muro de Berlín, Octavio Paz, con la sensibilidad y sabiduría de los intelectuales auténticos, anticipó, hace casi 30 años, que los problemas que abrieron los caminos del socialismo real no habían sido superados. Mas allá de la globalización y de los avances económicos, del notable impulso de la tecnología, el mundo se ha vuelto, Ciro Alegría dixi, ancho y ajeno.

 

Mas allá de la globalización y de los avances económicos, del notable impulso de la tecnología, el mundo se ha vuelto, Ciro Alegría dixi, ancho y ajeno.